ÍNDICE EXTENSIÓN UNIVERSITARIA Nº 42

  ÉL Y ELLA

X CONGRESO INTERNACIONAL GRUPO CERO PSICOANÁLISIS Y MEDICINA 

 SPINOZA

LA TRANSFERENCIA : ESE SIGNIFICANTE

EL LENGUAJE DEL HIPOCONDRÍACO

FREUD

EL MISTERIO DE LA PALABRA (I)

LA ENURESIS: UNA MANIFESTACIÓN DE LA SEXUALIDAD

LACAN

LA ANGUSTIA EN EL ASMÁTICO (I)

LOS LIBROS DE LA EDITORIAL GRUPO CERO

BUENOS AIRES TEMPORADA 2001

ASPECTOS PSÍQUICOS DE LA ÚLCERA
PÉPTICA (I)

DISCURSO Y TRANSFERENCIA EN PSICOANÁLISIS

ESCUELA DE PSICOANÁLISIS ENCORE

HAY UN PRECIO QUE DE NO PAGARLO

ASOCIACIÓN PABLO MENASSA DE LUCIA

SEMINARIO SIGMUND FREUD

LA AGRESIVIDAD

DE NUESTROS ANTECEDENTES

SEMINIARIO JACQUES LACAN

ÉL Y ELLA

Ella consideraba un insulto tener lo que el otro no tenía, y no era vano ese pensamiento, era una manera de pensar, lo cual quería decir que cuando se trataba de ella también pensaba así, y ante aquél que tuviera algo que ella no tenía se encontraba insultada.

El tener es algo que se simboliza en épocas muy tempranas, allí donde empezamos a reconocer que unos tienen pene y otros no.

Ante esta encrucijada tenemos que encontrar una respuesta, y todavía no hemos accedido al significante de la castración materna, en tanto la función de la diferencia sexual se inaugura cuando se instala la función fálica, cuando se detiene la atribución imaginaria de falo, porque tanto el hombre como la mujer se constituyen como sexuados en la dialéctica fálica, y es al lugar que ocupa la madre el lugar al cual se atribuye el falo. En tanto sabemos que el falo es el pene que la madre no tiene.

El sujeto surge de la realización de la falta fálica, en tanto nos introduce en el orden simbólico.

El tener es un tiempo lógico de la producción de esta realización y precisamente ese momento donde desconocemos la existencia de la vagina y del coito, por eso en ese momento del crecimiento todos somos niños, aunque unos tienen pene y otros no, por lo tanto ante la imposibilidad humana y esto es para siempre, quiere decir que es del orden de lo imposible y no del orden de la impotencia, ante la imposibilidad de simbolizar el sexo y siendo algo inevitable, surge el mito.

Los mitos permiten articular aquello que es del orden de lo imposible de ser simbolizado.

Entre los mitos infantiles, que son la fuente de los cuentos y de las leyendas, encontramos aquel que surge en la época donde el pensamiento infantil está dominado por el fantasma universal del falo. Todos tenemos pene, todos somos masculinos, y para aquellos que no tienen hay una explicación: o bien son niños tontos, que sufren de un retraso, ya les va a crecer, o bien son niños malos, que han sido castigados con la castración anatómica.

Este mito infantil es la fuente de pensar que las mujeres son tontas o malas.

Pasar por el Complejo de Edipo, máquina hominizante, es necesario tanto para los niños como para las niñas, para que se instale la función significante. En el comienzo están las leyes de la palabra, la ley de simbolización y eso es el complejo de Edipo. Y la sexualidad humana debe realizarse a través de esta Ley.

El Complejo de Edipo consiste en que cada uno, sea niño o niña, tendrá que identificarse a cada uno de los padres, e identificarse en psicoanálisis quiere decir transformarse como sujeto, y tomar al otro como rival. Así se instalará en cada uno lo que denominamos posición femenina y posición masculina. Posición femenina o pasiva y posición masculina o activa frente al mismo sexo y frente al otro sexo.

Para un hombre masculino lo más complejo es tomar una

posición femenina frente a otros hombres sin feminizarse, lo mismo que para el hombre femenino o mujer es difícil tomar una posición femenina frente al otro sexo, sin feminizarse.

No tenemos que olvidar que cada uno tiene que saber tomar posición femenina y masculina frente al mismo sexo y frente al otro sexo, sin feminizarse y sin masculinizarse, es decir que no se trata del orden de la apariencia imaginaria sino del orden significante.

Todas las denominadas enfermedades mentales tienen que ver con formas deformadas de implicarse en estas cuestiones, así vemos a un hombre posicionado en una estructuración psicótica, como en el caso Schreber, quien en el proceso psicótico llega a creerse la esposa de Dios, es decir que para tomar una posición femenina frente a otro hombre se transforma en esposa y al hombre lo transforma en Dios, sólo así puede tolerarlo. Antes una posición psicótica que una actitud pasiva o femenina frente a otro hombre.

O bien posicionarse como homosexual, feminizarse o feminizar al otro, o bien posicionarse como neurótico, es decir, sometido a la eterna pregunta: ¿soy hombre o soy mujer?, o bien: No soy ni hombre ni mujer.

La sexuación en cada sujeto consiste en cuatro posiciones: padre, madre, hombre y mujer, estando anudadas al hecho de ser mortales, y como nada es antes del lenguaje, en tanto nada es dado a los seres humanos de forma natural, son procesos que conllevan un trabajo psíquico, una transformación tal que nos constituye humanos.

Amelia Díez Cuesta. Psicoanalista
Madrid: 91 402 61 93

 

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 ASOCIACIÓN PABLO MENASSA DE LUCIA

PREMIO A LA MUJER
TRABAJADORA DEL 2001

a la psicoanalista y poeta

AMELIA DÍEZ CUESTA.

Hará entrega del premio la actriz y directora

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8 de Marzo a las 20:30 h.
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Tel.: 91 542 33 49

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ESCUELA DE
PSICOANÁLISIS
GRUPO CERO
BUENOS AIRES

TEMPORADA
 2001

ABIERTA LA MATRÍCULA

–Seminario Sigmund Freud

–Seminario Jacques Lacan

–Master en Clínica Psicoanalítica

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LA TRANSFERENCIA:
ESE SIGNIFICANTE

La transferencia puntúa, a modo de pulsión de muerte, un no encuentro. Concepto a-histórico, porque sin él, no hay recorrido del deseo, posibilidad de lo nuevo. Y lo nuevo se distingue, separándose en lo dicho, del bien y la belleza.

Lo nuevo, a-histórico, como elemento de la teoría donde hacen falta más de dos conjuntos vacíos para nombrar el punto.

La intersubjetividad como lo más ajeno al campo psicoanalítico, praxis donde el encanto es un inconveniente.

Aislarse con otro para enseñarle lo que le falta, para que él ame, nos dice Lacan en el seminario de 1960.

Sólo cuando hay transferencia real, es decir, presencia del analista en lo real, sólo ahí, habrá transferencia simbólica y transferencia imaginaria. Todo comienza con el 3, antes del 3, no había ni 1 ni 2, propiedad borromeica.

El Psicoanálisis funda lugares, la transferencia posibilita que se pongan en relación, los lugares, no las personas, ya que si tuviera ese poder por ejercerlo, no lo sería tal.

La transferencia es un fenómeno del lenguaje y un concepto de la teoría y lo que rige la teoría son principios éticos, así la transferencia posibilita que en el análisis, el psicoanalista tenga que posicionarse en el lugar de objeto a y en una supervisión como psicoanalista en posición de sujeto del inconsciente. Lugares y funciones que construye la teoría psicoanalítica y esto no es pervertible, pero permite la subversión, la versión con respecto a una ley, la ley de interdicción del incesto, que como tal, no se puede ni cumplir ni incumplir, ya que normativiza al sujeto, legisla, pero la ley es anterior, ya está, ya funciona antes de la afanisis del sujeto.

"Él siempre miraba al pasado, vivía de espaldas al futuro.". En El Banquete o del Amor, comienza el argumento con: "El asunto de este diálogo es el amor". He aquí el preámbulo de que ningún detalle es indiferente. Y concluye: Aristodemo no recordaba lo que hablaron, porque como acaba de despertarse, no había oído el principio, pero someramente me dijo que Sócrates había forzado a sus dos interlocutores a que reconocieran que un mismo hombre debe ser a la vez poeta trágico y poeta cómico y que cuando se sabe tratar la tragedia según las reglas del arte, se debe saber igualmente tratar la comedia. Obligados a convenir en ello y no siguiendo más que a medias la discusión, se les empezaron a cerrar los ojos. Aristófanes fue el primero que se durmió, después Agatón, cuando ya era muy de día. Sócrates, después de haber visto dormidos a los dos, se levantó y salió como de costumbre acompañado de Aristodermo, fue al Liceo, se bañó allí y pasó el resto del día consagrado a sus ocupaciones habituales y no volvió a su casa hasta la noche para reposar.

Lo bello es la última barrera para acceder al deseo. La palabra y la cosa no coinciden, no hay acuerdo con la realidad.

El amor no se dirige a alguien ya que el lenguaje no está en el sujeto, pero el deseo tampoco, el sujeto es sujeto del lenguaje y sujeto del deseo. No hay deseo sin pulsión y todas las pulsiones son pulsión de muerte. Concepto inaugural que sin el significante no tendría función ya que el significante nos permite pensar los conceptos, sin olvidar que un concepto, cada concepto en psicoanálisis se sostiene por su relación sobredeterminada topológica con los demás.

Para el sujeto hablante que somos, no hay otra realidad que la realidad significante, que la realidad hecha de lenguaje, es decir, la realidad estructurada como lenguaje y cuando nos salimos de esa realidad no es que entremos en otra realidad, sino que quedamos sin realidad.

Sin lectura productiva no hay escritura, sin Escuela no hay cadena de transmisión y sin cadena de transmisión no hay psicoanalista.

El verdadero amar,
¡el verbo amor!
callejón sin salida
del deseo.

Carlos Fernández del Ganso. Psicoanalista
Madrid: 91 883 02 13

PSICOANÁLISIS Y MEDICINA
X CONGRESO INTERNACIONAL GRUPO CERO

«No podemos terminar con el alma, sólo podemos curarla».

EXTENSIÓN UNIVERSITARIA: LA REVISTA DE PSICOANÁLISIS DE MAYOR TIRADA DEL MUNDO


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EL MISTERIO
DE LA PALABRA (I)

Lo que la teoría psicoanalítica viene a decir de las palabras, es que a nivel aún de una unidad semántica, tan segura como la frase, no es seguro que haya unidad de significación.

Hay en todo decir una palabra que no puede ser dicha. No deberíamos hablar entonces de sentido, sino de significancia, nivel de emergencia donde sobre el borde del sin-sentido, o del no sentido, esa palabra se deja escuchar.

Una palabra sólo es palabra en la exacta medida en que hay alguien que crea en ella, así la palabra se instituye como tal en la estructura del mundo semántico que es el del lenguaje, nunca tiene un único sentido ni el vocablo un único empleo.

Toda palabra tiene siempre un más allá, sostiene varias funciones, envuelve varios sentidos.

Tras lo que dice un discurso, está lo que él quiere decir y tras lo que quiere decir, está otro querer decir y esto nunca terminaría a menos que lleguemos a sostener que la palabra tiene función creadora y que es ella la que hace surgir la cosa misma, que no es más que el concepto. El concepto es el tiempo de la cosa, decía Hegel.

Ciertamente el concepto no es la cosa en lo que ella es, por la sencilla razón de que el concepto siempre está allí donde la cosa no está llega para reemplazar a la cosa.

Hegel lo dice muy bien, es el concepto el que hace que la cosa esté allí, aún no estando allí.

Para el psicoanálisis las palabras no pertenecen al campo de la comunicación, sino al de los desplazamientos del querer decir.

Para Freud no hay formación posible sin esa relación de "exte-rioridad" que une a las palabras con las palabras. Así un síntoma es para Freud, un hallazgo de la estructura significante, de la misma manera que podría serlo una metáfora o una metonimia.

Los mecanismos propios del inconsciente son la condensación y el desplazamiento, que son las relaciones posibles entre palabras: metáfora y metonimia.

Desde el psicoanálisis no hay "manera de ser" inherentes a nuestro sujeto puesto que éste ha sido subvertido radicalmente con la teoría del inconsciente. Trataremos, así, de la identidad como una metáfora permanente o lo que es lo mismo: la condensación como una metáfora donde se dice como sujeto el sentido reprimido de su deseo y el desplazamiento como una metonimia donde se marca aquello que constituye el deseo, deseo de otra cosa que siempre falta.

El descubrimiento de Freud es esta verdad: "que la verdad no pierde nunca sus derechos". En el intento de decir la verdad, uno se encuentra con que hay varios obstáculos a que la verdad se diga.

El enigma está en todos lados, porque el sentido siempre postulado está ausente en su plenitud.

La dimensión de la verdad emerge con la aparición del lenguaje.

El hombre no puede reducir su esencia a las palabras, hay una verdad muda, inefable, que no puede ser expresada por palabra alguna, ya que el lenguaje miente y es sólo un simulacro (no así la poesía).

Ella, la poesía conserva en su decir saberes de otro reino.

El hombre está tomado por el lenguaje y el sujeto, antes de ser sujeto está sujetado por la palabra.

Como en Heidegger, aquí el habla funda al hombre y no al revés.

La enseñanza de Lacan pone de manifiesto esta verdad común a la experiencia lingüística y a la experiencia psicoanalítica: que es imposible obtener un mensaje a partir de un sujeto cualquiera si no existe previamente una cadena significante y una regimentación previa de los empleos. Es en la existencia de este mecanismo complejo, que hace que un discurso diga siempre más u otra cosa que lo que quiere decir, donde se revela el dislocamiento original del sujeto en psicoanálisis.

La escritura poética nos da la dimensión de lo que podría ser la interpretación psicoanalítica y también el testimonio de la relación profunda del deseo humano con el lenguaje.

El inconsciente de la poesía es más extenso que el inconsciente del sujeto psíquico.

La palabra en sí misma es una pluralidad de sentidos. El poeta no se sirve de las palabras, cada vez que nos servimos de las palabras las mutilamos, el poeta es su servidor.

En lo humano una posibilidad de conocer, es una posibilidad de cambiar algo.

Lucía Serrano. Psicoanalista
Buenos Aires: 4 371 8013

www.elindiogris.com

LA ANGUSTIA EN EL
ASMÁTICO (I)

El asma, de la que tenemos una primera descripción ya en Hipócrates, en el s. V a.c., es una enfermedad de las vías respiratorias, que se caracteriza por un aumento de la respuesta del árbol traqueobronquial a múltiples estímulos, produciéndose un estrechamiento generalizado de las vías respiratorias, que clínicamente cursa con paroxismos de disnea, tos y sibilancias, después de cada crisis hay una recuperación ad integrum. Afecta a un 4-5% de la población, siendo más frecuente en la infancia, el 50% de los casos ocurren antes de los 20 años, y el 75% antes de los cuarenta, en la infancia se presenta en varones con el doble de frecuencia que en mujeres. En adultos hay un 20% de remisiones espontáneas, en niños hay hasta un 50%, quiere decir que la mitad de los que fueron niños asmáticos, se curaron con el crecimiento. Aunque las crisis asmáticas son una causa rara de muerte, se describe una incidencia de 5.000 muertes al año para una población de riesgo de 10.000.000 de habitantes.

Preguntando a los profesionales de la salud neófitos en lo que se refiere al psicoanálisis por su opinión acerca de los aspectos psíquicos que podrían influir en la producción del asma, les suena que el asmático tiene una madre sobreprotectora, algunos psicoanalistas que se ocuparon en un momento de estos temas, lo expresan con la metáfora de que el asmático tiene a la madre sentada sobre sus pulmones. Cómo dato estadístico, en la anamnesis de los niños asmáticos que acuden a la urgencia con una crisis de asma, es muy frecuente encontrar una ausencia del padre en el domicilio cuando aconteció la crisis, generalmente el niño se había quedado a solas con la madre. En el libro Tratamiento psicológico de hábitos y enfermedades, de Buceta y Bueno, se presenta un caso de asma que se trató con psicoterapia (técnicas de autocontrol), lo que más llama la atención del relato del caso, es que no aparece el padre por ningún lado, es como si la psicóloga que lleva el caso se hubiera visto atrapada en esa relación materno-filial, donde está omitido el padre. No hay padre, aunque lo haya.

Todas estas afirmaciones nos llevan a preguntarnos por el papel de la madre en esta enfermedad, pero primero tendríamos que aclarar de qué madre se trata. El psicoanálisis nos viene a señalar un hecho, que ya había señalado anteriormente la filosofía, este hecho de extrema importancia para entender la cuestión de que se trata, es la indefensión del bebé cuando nace, por ello se habla de nacimiento prematuro, hay una prematuridad en el ser humano cuando nace, es decir, que si no hay otro que lo atienda en su indefensión, el niño muere, esta función que salva al niño de la muerte, alimentándolo, acunándolo, tapándolo cuando hace frío, es la función madre. El niño va a hacer una atribución a esa persona que le salva la vida, le va a atribuir un poder, una potencia, porque él la juzga desde su absoluta incapacidad de calmar por sí mismo sus necesidades, ella es la que las colma. Esta atribución que el niño le hace a la madre, que no está en el niño ni en la madre, pero es lo que regula la relación, eso es el falo. Por ello la madre de la que hablamos, es la madre fálica, se trata de esa madre "ideal", que el niño se construye. Más adelante volveremos a retomar esta relación idílica madre-niño.

Ahora nos interesa la descripción que hace la psiquiatría de la angustia, descripción, que aunque nunca se haya reconocido, procede de un texto freudiano llamado de cómo separar de la neurastenia cierto complejo de síntomas bajo el rótulo de neurosis de angustia, ahí, en 1895, Freud va a describir todo el cortejo, toda la serie de síntomas somáticos que aparecen en una crisis de angustia, y esta descripción ha seguido vigente hasta nuestros días, estos síntomas serían: disnea, es decir, falta de aire, palpitaciones, dolor o malestar centrotorácico ("en el pecho"), mareo, vértigo o sensación de inestabilidad, sentimiento de irrealidad, parestesias (cosquilleo en manos y pies), sensación de calor y frío, sudoración, debilidad, temblor o estremecimientos, miedo a morir o a volverse loco.

Todos estos síntomas, sobre todo los que recaen sobre el aparato respiratorio, son muy similares a los síntomas que presenta el sujeto asmático, en todos hay sensación de disnea, opresión precordial, palpitaciones, miedo a la muerte.

Ya la similitud de los síntomas, nos lleva a plantearnos cómo se juega la angustia en el paciente asmático.

Volvemos por tanto al lugar donde habíamos dejado a aquella madre y a aquél niño, en esa relación amorosa, la evolución normal de esa relación, es que el niño vaya dándose cuenta de que su madre, además de desearlo a él, desea otras cosas, esto es un duro golpe para el niño, y hace que cese aquella atribución que él le hacía a la madre, este hecho sencillo e inevitable, que la madre desvíe la mirada del niño hacia otros objetos de su deseo, es lo que posibilita que el niño a su vez pueda desviar la mirada, mirar al mundo, y es lo que llamamos castración materna, la castración, por tanto, en psicoanálisis no consiste en una evisceración en el sujeto, sino que castración siempre es del Otro, de la madre fálica, y que castración es cese de la atribución, en esto juega un papel, por supuesto, el padre.

Alejandra Menassa. Médico Psicoanalista
Madrid: 91 542 33 49

 


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ASPECTOS PSÍQUICOS DE
LA ÚLCERA PÉPTICA (I)

Un título que nos habla de la relación entre lo somático y lo psíquico, que nos sitúa en el campo de la medicina psicosomática.

La úlcera péptica se encuentra entre las 7 grandes enfermedades psicosomáticas descritas por la escuela de Chicago y que serían: úlcera péptica, HTA, colitis ulcerosa, tirotoxicosis, neurodermatitis, artritis reumatoide y asma bronquial. Pero en los últimos años con el descubrimiento del Helicobacter pilory, que es una bacteria que se encuentra en el jugo gástrico, se ha considerado enfermedad infecciosa. Aunque no se puede negar el papel del Helicobacter pilory en el desarrollo y evolución de la enfermedad veremos que no es suficiente para explicarla.

La úlcera péptica, que comprende lo que conocemos como úlcera gástrica y úlcera duodenal, según la localización anatómica, es una pérdida de sustancia, en general menor de 1 cm, que afecta a la capa de revestimiento de aquellos tramos del tubo digestivo bañados por la secreción gástrica (estómago y duodeno), es decir, la lesión se produce en la capa que está en contacto íntimo y delimita la luz del tubo digestivo.

En condiciones normales el mantenimiento de la integridad de esta capa depende del balance entre factores agresivos y factores defensivos que actúan a nivel local. Entre los factores agresivos estarían el ácido clorhídrico y la pepsina (el ácido clorhídrico que es muy corrosivo y la pepsina que es una enzima proteolítica, una sustancia que digiere o rompe las proteínas) y entre los factores defensivos tendríamos la llamada barrera mucosa que es una fina capa de moco que recubre la superficie del estómago y que impide, por un efecto físico de interposición entre otros mecanismos, el contacto del ácido clorhídrico con la capa superficial; también sería importante el mantenimiento del flujo sanguíneo local, y diversas sustancias como las prostaglandinas, etc.

La úlcera se produciría por un disbalance de dichos factores. El mecanismo de regulación de estos factores, lo que hace que varíe la producción de ácido clorhídrico o de moco p. ej., es complejo y en esta regulación tiene un papel importante el sistema nervioso autónomo, a través del nervio vago.

La secreción gástrica (ácido clorhídrico y pepsina entre otros), es estimulada por muchas sustancias, pero el estímulo fisiológico más potente es la comida. Podemos diferenciar dentro del proceso de secreción tres fases: la fase cefálica, de cabeza, previa a la ingestión del alimento y que se produciría al pensar en una comida u olerla, la fase gástrica que se desencadenaría con la entrada en el estómago de la comida, por una distensión, y por último una fase intestinal producida por el paso del alimento al intestino.

Si bien habíamos dicho que la úlcera se produce por un disbalance de los factores agresivos y defensivos, la etiopatogenia no es del todo conocida, ¿por qué se produce la úlcera? ¿qué es lo que la produce?, no está claro.

Históricamente se relacionó la producción de úlcera con un aumento de la producción de ácido clorhídrico, de causa generalmente desconocida. Es cierto que en la mayoría de pacientes con úlcera duodenal existe un aumento de la secreción, pero no así en las personas con úlcera gástrica que suelen cursar con normosecreción.

Por tanto, si bien se considera que la presencia de secre-ción ácida es necesaria para la producción de la úlcera no es suficiente.

Algunos autores hablan de mecanismos defectuosos en la reparación y cicatrización tisular para explicar la existencia de la úlcera, pero tampoco se conoce cuáles serían esos fallos.

Diversos factores ambientales se han relacionado con una mayor incidencia de úlcera, como el tabaco, el alcohol, el tipo de comida, el estrés, los antiinflamatorios, etc, pero de todos ellos únicamente el tabaco y los antiinflamatorios parecen tener alguna relación con la úlcera, ésta es más frecuente en fumadores y personas que toman antiinflamatorios, aunque la úlcera en estos últimos se considera ahora como una entidad aparte.

A partir de los años 80, con el descubrimiento del Helicobacter pilory (HP), que por distintos mecanismos alteraría los factores de los que estamos hablando, la úlcera pasó a ser considerada como enfermedad infecciosa. En EE.UU. y Europa más de la mitad de la población mayor de 60 años está infectada por HP, aunque la incidencia de úlcera es mayor en personas más jóvenes, donde la infección es menos frecuente. La úlcera es una enfermedad que afecta fundamentalmente a personas entre 40-60 años y en este rango de edad aunque es más frecuente la úlcera es menos frecuente la infección.

A nivel mundial se estima que 1 de cada 6 personas infectadas desarrollan úlcera péptica. La presencia del germen por sí mismo no determina el desarrollo de la enfermedad. El hombre está expuesto continuamente a múltiples gérmenes, muchas bacterias le colonizan, viven de manera habitual en su cuerpo, fundamentalmente en el tubo digestivo, pero su presencia no desencadena ninguna enfermedad, se requiere una susceptibilidad del huésped a la infección.

Pilar Rojas. Médico Psicoanalista
Madrid: 91 542 33 49

HAY UN PRECIO QUE DE
NO PAGARLO

Hay un precio que de no pagarlo el sujeto se perdería. Todo comienza cuando el interrogante se vuelve sobre él mismo, para que el signo de la interrogación lo enganche a una cadena humana.

Una interrogación primera cuyo costo es la resolución de un cruce de caminos que no se traduce en ninguna respuesta terminante porque se trata del deseo. La pregunta es por el deseo de la madre y está sometida a la pregunta sobre la diferencia de los sexos, porque sin diferencias no hay deseo. Si ella es deseante es porque ella es carente y la aceptación de esta carencia es la que lo ordena. Porque carece es que simboliza y la carencia quedará representada por la falta, que en este caso será la ausencia de pene en la mujer. El símbolo de su deseo queda así constituido por la imagen del órgano que si bien está presente en el hombre, está ausente en ella. Esta ausencia la hace carente y por ello deseante, el objeto de ese deseo queda designado como el objeto que le falta y que ella encuentra en el hombre.

El padre, como portador del falo, posee la clave del misterio del deseo de la madre, es el padre y no el niño el poseedor de la clave y esto es lo que le significa el significante del Nombre del Padre.

Esto lo sabe y así es que se constituye un saber al que de ninguna manera puede acceder y que se sitúa en el lugar del Otro paterno, ese a quien se le supone ese saber. Es por lo tanto un saber del que nada sabe.

Una concepción del Edipo, nos dice que se trata solamente de una metáfora, esta metáfora se establece porque el significante del Nombre del Padre es el que metaforiza el deseo de la madre, cuando la batería significante, que constituye la estructura de un sujeto, carece de ese significante fundamental, se le da a esta carencia el nombre de forclusión, lo que significa que el padre no tiene existencia simbólica para el sujeto, ya que nada, en los significantes de que dispone el sujeto, va a representarlo. A falta del significante del Nombre del Padre, que en la estructura significante inconsciente del sujeto, representa la función paterna, se producirán dos efectos en los mecanismos de la identificación, por un lado una merma en las posibilidades identificatorias del varón al padre que se manifestará, en una cierta inconsistencia imaginaria de la virilidad. Esta inconsistencia en la virilidad puede tomar la forma de una experiencia delirante de eviración, como en el caso Schreber. Es así como el pene queda desprovisto de significación, es decir que no tiene significación inconsciente si no se lo relaciona con el deseo de la madre. Queda sin función en tanto no significa nada, y queda reducido a un colgajo.

El otro efecto además del delirio de eviración que suele observarse, es el efecto de feminización debido a una identificación psicótica con lo que le falta a la madre. Habíamos dicho que la falta se establecería como tal cuando la carencia, que es lo que nunca se tuvo ni se tendrá, cedía a una representación de ella misma y se sustituía como la falta de pene en la mujer.

La estructura del Inconsciente comporta cuatro términos significantes básicos, estos son: la madre, el niño, el padre y el falo. De entrada el falo interviene como tercer término entre la madre y el niño, es el símbolo del deseo de la madre que quiere decir una otredad entre la madre y el niño. El cuarto término es el Nombre del Padre y es lo que da la razón última a ese deseo. Cuando falta este cuarto término, se produce un movimiento de repliegue del niño sobre el falo que ya no funciona como tercero. El niño está identificado al falo que le falta a la madre y la relación se convierte en una relación dual de una especularidad sin salida. Se instala una obligatoriedad, donde él "debe ser el falo", obligatoriedad que se confunde con la exigencia máxima, ser el objeto faltante divino, ser el objeto del goce de Dios. Es en virtud de esta identificación que el psicótico se ve feminizado, por deber ser el falo es que se convierte en una mujer, ya que si no puede ser el falo que le falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que le falta a los hombres, en el decir de J. Lacan.

En todo esto hay un goce extraordinario que sería lo que habla del éxito de esta identificación del sujeto al falo, es el goce casi divino ya que todo su ser entra en la adecuación de lo que le falta a la madre. Hay adecuación por lo tanto locura. El falo aparece no como símbolo sino como imagen o como un artificio que se ubica en el lugar de la falta para ocultarla y de esta manera ocultar la castración de la madre.

Todo cae bajo la forma imaginaria, allí es donde el falo puede presentarse cono la imagen del propio cuerpo, tal como pasa cuando se encuentra con su reflejo en el espejo o con el semejante al que se identifica. La imagen del espejo, por medio de la cual se ve completo y se concibe como unidad, se caracteriza por su forma totalizadora unificadora. Excluye la falta y es por eso que sirve para simbolizar lo que colma la falta de la madre. en esta etapa especular se constituye el yo ideal, y es así como la imagen narcisística que constituye a este yo ideal, es un equivalente del falo imaginario de la madre. Por ello el goce divino es un goce narcisista, goce de mujer que ofrece al Otro como testimonio de su no castración.

Norma Menassa. Psicoanalista
Buenos Aires: 4 322 6400

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LA AGRESIVIDAD

Para introducirnos en el tema de la agresividad, debemos remitirnos a la etapa inicial o comienzo, donde el niño, frente a la imagen de los otros, en especial el cuerpo de la madre, se constituye también como cuerpo, donde su imagen es reflejo de la imagen de los otros. Este es el denominado "estadio del espejo" y que manifiesta un dinamismo afectivo, donde el sujeto infantil se identifica primordialmente con la imagen vitual de su propio cuerpo en el cuerpo de los otros. De ahí la sencilla fórmula de que cuando un niño pega a otro, y le preguntan porqué lo hizo, él responde sencillamente que ha sido a él a quién le han pegado.

Lo mismo ocurre cuando un niño ve caer a otro y se pone a llorar, son proyecciones especulares de su imagen corporal en el cuerpo de los otros.

La imagen de la madre, le puede venir como salvadora, anticipadora de una potencia que le viene al niño del Otro y que llega a satisfacer sus carencias pero también por el contrario, puede sentir la incompletud y la defectuosidad de la misma, y será este  modo lo que dominará la dialéctica del comportamiento agresivo del niño-adulto en presencia de sus semejantes, ante el sentimiento de incompletud del otro, que le pide y no le puede satisfacer todas sus demandas.

Esta relación, bien puede ser definida como erótica, en la que el individuo se fija a una imagen que lo enajena a sí mismo donde tomará su origen inicial.

Esta forma se cristalizará en una tensión conflictual interna al sujeto que determina que se despierte en él su deseo por el objeto del deseo del otro: y será el comienzo o bien concurso primordial que lo precipitará al niño en una competencia agresiva donde nacerá la triada: el prójimo, el yo y el objeto.

Esta formalización de su yo, el prójimo y el objeto, nos hace ver que cuando el niño juega a dar palmadas incluso cuando pega a otro, no es porque le quiera pegar, aunque parece que a veces le quisiera ganar o destruir, tiene que ver con la constitución de los límites de su cuerpo. Lo que se produce y lo que está en juego, es el intento de conquista de la unidad funcional de su propio cuerpo que previamente ha debido constituirse en la percepción del niño de las figuras humanas que tiene a su alcance y es lo que le permitirá caminar, porque si no, no podría. Una vez realizado este acto, el siguiente pasaje sería la apropiación de su cuerpo que se manifiesta a veces en un acto agresivo que consiste en la afirmación de sí mismo frente a la imagen de los otros.

Agresividad quiere decir que todavía no sé quien soy y quién es el otro, agresividad quiere decir que todavía el paso ese de formación del yo no ha acontecido pero que está en permanente acontecer.

Y más cuando existe un pedido que el otro me forme, ahí ya la agresividad es máxima.

En aquellos sujetos que frente a personas de su mismo sexo se desencadena su agresividad, la misma se concibe desde la denominada identificación secundaria, proponiéndose como la idea de una introyección de la imagen del progenitor del mismo sexo que sólo se concibe si ha sido preparado por la llamada identificación primaria que es la que estructura al sujeto rivalizando consigo mismo, reacción hostil correlativa a esa formación del yo. Es por esto que la agresividad se va a situar a nivel del yo.

La identificación Edípica es aquella por la cual el sujeto trasciende la agresividad constituida de esta primera individuación subjetiva.

Podríamos decir que después del asesinato del padre de la horda primitiva, hay una necesidad de participación que neutraliza el conflicto inscripto del asesinato en la situación de rivalidad entre hermanos y que será el fundamento de la identificación al totem paterno.

Las retorsiones agresivas del conflicto edípico en el sujeto responden al hecho de que los efectos de este complejo fueron vislumbrados primero en los aspectos fallidos de su solución.

Dicho intento resolutivo genera una cuestión que la denominamos tensión agresiva, tendencia agresiva como tensión que el sujeto no puede evitar, porque es algo irresoluble, que sólo lo puede solucionar entre otros si el sujeto acepta a los otros, ya que sólo en la rectificación edípica, o sea, la sublimación edípica, el sujeto solventará esa tensión, es decir, relativizándola para que llegue a formar parte de la cuestión de la producción del sujeto como acto dominante.

La enajenación a sí mismo frente a la imagen del otro se cristalizará en esta tensión conflictual interna al sujeto que determinará que en el mismo se despierte su deseo por el objeto del deseo del otro y esto será el comienzo que precipitará al niño en una competencia agresiva de donde nacerá la triada: el prójimo, el yo y el objeto.

Miguel Martínez Fondón. Psicoanalista
Madrid: 91 682 18 95

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PSICOANÁLISIS Y MEDICINA

EL LENGUAJE DEL
HIPOCONDRIACO

"Los médicos de finales del siglo XIX rechazaban la idea de la muerte ligada a la superstición, que hablaba de la muerte como un estado mixto, mezcla de vida y muerte. Para ellos, la muerte no era más que un punto geométrico sin espesor ni densidad, la muerte no era más que una palabra equívoca del lenguaje, para designar la detención de la máquina, la simple negatividad.".

El hombre ante la muerte. Philippe Ariès

El hipocondríaco dice que tiene miedo a morir.

Leyendo en la Revista Extensión Universitaria, un trabajo sobre "La Histeria y el erotismo de la insatisfacción" de Amelia Díez Cuesta, llamaron mi atención las frases: "El sujeto nunca está más allá del lenguaje, pero la palabra siempre está más allá del sujeto... el lenguaje es más máquina que nos hace funcionar que utensilio al que damos utilidad.".

Para el psicoanálisis no hay enfermedad fuera de la estructura del lenguaje, y desde aquí entré al tema de la hipocondría, pensándola como una manera de posicionarse con relación al lenguaje.

Una cierta complejidad se abre al decir lenguaje del hipocondriaco y hasta podría resultar controvertido porque es sabido que el hipocondríaco padece de serias dificultades de simbolización, pero además se compromete en una misma frase el concepto de hipocondría con el lenguaje. Algunos autores al referirse a la hipocondría dicen: "el habla del órgano". O como Freud lo llamaba en 1915, el Organsprache, pero refiriéndose al Habla como facultad y medio expresivo, aunque sea independiente de la participación de sonidos, como lo mostraba en el caso Dora, cuando leía en la afonía, y la insistencia que tenía en escribir durante esos momentos, que: "Aquellos cuyos labios callan, hablan-charlan con los dedos".

Comúnmente se le adjudica la categoría de afección, sufrimiento, padecimiento o enfermedad caracterizada por una gran sensibilidad del sistema nervioso con tristeza habitual, debido a la excesiva y continuada preocupación por el estado de su propia salud.

Siendo esta actitud "el temer estar enfermo o el miedo a morir" la que captura la vida del paciente y la que adquiere mayor preponderancia cuando se describe a la hipocondría.

El concepto psiquiátrico habitual pone el acento en un temor exacerbado a estar enfermo, y su particularidad reside en la ausencia de lesiones comprobables.

Sin embargo, cuando Freud habla de la hipocondría y de las diferencias y similitudes que mantiene con la enfermedad orgánica, llega a la noción de que la diferencia entre ambas, que es la existencia de una lesión del órgano, quizá no tenga ninguna importancia.

Por otra parte, hablará del rasgo hipocondríaco como una disminución del umbral de la sensación somática. De esta manera, el paciente habla del órgano insistentemente porque esa disminución del umbral, determina que sea el órgano el que le hable por medio de la sensación somática.

La hipocondría es algo muy complejo, que nos enfrenta al vasto territorio que va desde el síntoma hipocondríaco a la enfermedad Psicosomática y al síntoma histérico de conversión. Además, se la relaciona con la psicosis, con la paranoia, con la fobia, y hasta se la llama histeria masculina.

En los primeros escritos freudianos de fines del siglo XIX ya se plantea la viabilidad del término hipocondría porque se perjudica por su referencia fija al síntoma del miedo a la enfermedad, y dice que además demanda, como condición previa la existencia de parestesias y sensaciones corporales penosas. En el caso de Anna O. llama la atención de Freud que los órganos de la paciente inter vienen en la conversación, o directamente interfieren en la charla.

Por la noción de erogeneidad, que dice que las zonas erógenas pueden reemplazar lo genital y comportarse como la sede de grancantidad de manifestaciones y descargas, diremos que todo cambio de este tipo de erogeneidad en un órgano podría ser paralelo a un cambio de carga libidinal en el yo.

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Los órganos pueden funcionar todos y cada uno de ellos como zonas erógenas, capaces de excitarse, aumentar o disminuir en una determinada parte del cuerpo. Por eso, en el hipocondríaco se producen también, sin duda, cambios funcionales del orden de las perturbaciones vaso motoras, perturbaciones circulatorias, sudores, palpitaciones, etc.

Según Freud, en las neurosis los procesos psíquicos son durante un buen trecho los mismos, y sólo después entra en cuenta la solicitación somática, que procura a los procesos psíquicos inconscientes una salida hacia lo corporal. Cuando este factor no se presenta, el estado total será diverso de un síntoma histérico, aunque también puede ser afín en cierta medida, a una fobia o a una idea obsesiva, en suma un síntoma psíquico.

En la hipocondría podemos ver el máximo nivel de retracción de la libido del Yo, ya que su nivel de simbolización es pobre, logra simbolizar el mínimo posible. Se la compara con la megalomanía -el delirio de grandeza- como un intento de simbolizar, aún cuando toda la libido está puesta en el yo. En la hipocondría la libido vuelve al yo y queda capturada en el organismo, en la megalomanía al menos se simboliza algo.

A partir de la actualidad de una erogeneidad específica, nace la sensación somática que es condición para que se constituya el rasgo hipocondríaco, partícula pensada como parte constitutiva de cualquier neurosis.

Habíamos dicho que no había sujeto más allá del lenguaje, y que toda palabra va más allá del sujeto, ya que el sujeto es un sujeto hablado, y ese hablar va también más allá del sujeto que habla.

Si nos referimos al lenguaje hipocondríaco o al lenguaje del órgano, podríamos decir que es aquel en el cual un órgano particular deviene el referente de una frase o un discurso verbal. Se trataría entonces de un paciente que habla de un órgano y que lo hace con palabras.

El lenguaje del órgano resulta muy diferente del lenguaje verbal, ya que el órgano no puede tener mayor riqueza de vocabulario que la que su estructura y función le condicionan. Cada órgano tiene una especie de dialecto, un código lingüístico acotado y particular que determina su forma de hablar. Al ser sus posibilidades tan limitadas, el lenguaje de órgano resulta demasiado pobre como para dar cuenta de la normal combinatoria de los significantes propios de distintas zonas erógenas.

Con relación a lo discursivo, se compara la hipocondría con la esquizofrenia, ya que en ésta aparece con frecuencia, en sus períodos iniciales una alusión a órganos somáticos o a sus inervaciones, en las cuales aparecen sentimientos de transformación corporal, de instrucciones o de intercambios corporales, etc.

Freud trae un caso que le acercó el Dr. Tausk sobre algunas observaciones de una paciente con esquizofrenia en su estadio inicial.

Esta muchacha, que acudió a su consulta poco después de haber tenido una pelea con su novio, se queja:

"Los ojos no están bien, están torcidos. Nunca he podido comprenderle. Es un hipócrita, un ojo torcido". Él le ha torcido sus ojos, ahora ella tiene sus ojos torcidos, como si a partir de ese momento, ya sus ojos no son nunca más sus ojos, ahora ella ve al mundo con ojos diferentes.

La frase esquizofrénica presenta así un carácter hipocondríaco, constituyéndose en lenguaje de órgano.

Desde los comienzos del Psicoanálisis, Freud descubre que la gente se enferma porque se defiende de la sexualidad, pero no del saber de la sexualidad, sino de la relación del saber con la sexualidad, de un saber insabido, en el caso de la hipocondría esto parece ser rechazado, negado. Insiste en hacer consistir todas las palabras, está permanentemente atento a lo que el órgano le dice.

Desde el psicoanálisis diremos que el cuerpo tiene que ser libidinal, pulsional, objeto a, pero el hipocondríaco no tolera posicionarse como sujeto dividido, el cuerpo se opone a quedar marcado por el significante. Una frase martilla su cabeza: "No soy mortal, algo me va a matar. ¿Pero, qué?

Y así se pasa la vida tratando de esquivar la posibilidad de la muerte. Y como no tolera el sin-sentido, está siempre asomado al borde de un órgano por el que teme caer.

El hipocondríaco parece dudar de su pertenencia al mundo del lenguaje, en el cual el cuerpo es un significante más.

Padece del cuerpo para no padecer del lenguaje, prefiere estar preso de sus jugos orgánicos en lugar de aceptar que es el lenguaje quien tiene la libertad de las combinatorias.

Daniel, llega a la consulta por primera vez a los 45 años, después de años de visitar consultorios, centros médicos de alta y múltiple especialización, laboratorios de análisis clínicos, etc. Dice: "Hace varios días que siento un dolor agudo en las sienes como un pinchazo

acá, ve? y el médico se niega a hacer el centellograma que seguro permitirá descubrir si en la cabeza está todo bien... y si es algo repentino y me muero en segundos sin darme cuenta?, y si estoy gravemente enfermo y estoy trabajando como si nada pasara?... además hace una semana la mujer de mi compañero de trabajo estaba lo más bien y de repente se cayó en el medio de la calle y se murió... tenía un tumor cerebral y nadie lo sabía... puede pasar... qué le cuesta al médico hacerme el centellograma que me va a dejar tranquilo".

El hipocondríaco se siente enfermo, y se muestra como un obsceno discurseador, un impúdico que relata sus sospechas, y sus temores esperando una palabra que lo calme, que tenga una consistencia semejante a sus miedos orgánicos. Describe cuidadosamente el comienzo y el final de un malestar cómo si en cada frase estuviese por descubrir el secreto de su vida o la cercanía de su muerte.

Le pide al médico garantías: o de una salud estable o de una muerte segura por una terrible enfermedad. No soporta ni su contingencia en ser, sus propios enigmas en tanto sexual y mortal. Su discurso es pobre, estrecho, limitado siempre sobre lo corporal, como si sus palabras fueran obstinadas cazadoras de su propio pedazo de carne. Detiene el mundo para tomarse el pulso o escuchar algún ruido en su estómago, o para esperar si la puntada en las sienes llegará más o menos a la misma hora que el día anterior.

Está todo el tiempo tratando de pesquisar los contenidos imposibles que lo aquejan. Su manera de puntuar queda siempre atrapada en una zona desconocida del cuerpo, cuando se trata de ello, la puntuación es siempre suspensiva.

Las variables de una vida resultan insoportables, todo se cobija en un órgano. Prefiere pensar que la muerte es lo incierto, lo variable, en lugar de aceptar que es la vida, aquello impensado a lo que le teme, y que de la muerte nada se sabe.

No acepta su mortalidad, por eso padece, además, de una alteración con respecto al tiempo. Le resulta insoportable aceptar que en el futuro está esperando la muerte. Ser mortal le parece una mala jugada del destino, rechaza su mortalidad, y hace consistente y letal al futuro.

No acepta que él morirá.

Vive creyendo que es el futuro, un asesino serial.

Marcela Villavella. Psicoanalista
Buenos Aires: 4795 5402

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LA ENURESIS:

Una manifestación
de la sexualidad

Para el Psicoanálisis el cuerpo es pulsional, es decir, un cuerpo deseante atravesado por el lenguaje. En la vida humana entran como componentes materiales los procesos inconscientes, uno de cuyos efectos es nuestro mundo afectivo y nuestro cuerpo orgánico.

Por lo tanto, podríamos reflexionar sobre los misterios de lo orgánico y lo psíquico y las transformaciones de los afectos en inervaciones somáticas. Para esto último comenzaríamos por definir la enuresis como la presencia de micciones habitualmente nocturnas involuntarias e inconscientes, sin lesiones del aparato urinario, que persisten o reaparecen entre los cuatro o cinco años.

Habría que escuchar de qué nos habla el síntoma.

En el momento en que Freud, decide escuchar a sus pacientes apuesta por la existencia de un cierto saber del lado del sujeto.

Pensar que la vida humana incluye el campo del deseo, como muestra por primera vez en la historia del conocimiento, la teoría psicoanalítica, nos lleva a dar primacía a la palabra, que trastocará para siempre el campo de nuestros sentimientos.

¿Qué pasa cuando, como ocurre en la enuresis, la función puesta en marcha, retrocede a etapas anteriores de la sexualidad?

Según la ideología del médico que ve al niño, padecen de enuresis alrededor del 70 u 80% de los niños. Esta confusión se basa en que, en nuestra cultura los esfínteres deben controlarse antes de los dos años, cuando el sistema nervioso central está preparado para que haya control de esfínteres, recién a los cuatro o cinco años.

Hay que pensar que es a esta edad cuando podemos empezar a hablar de enuresis, es decir, después de la organización definitiva y del pleno funcionamiento de los pares sacros que son los que inervan la zona genital. Cuando el niño pasa a la etapa genital, es decir, cuando centra su sexualidad que antes estaba extendida por todo el cuerpo, en sus órganos genitales, si el niño se sigue haciendo pis, entonces podremos hablar de enuresis.

La medicina clasifica la enuresis en:

1) Primaria: nunca se ha conseguido el control, 75-80% de los casos.

2) Secundaria: se observa tras un período mínimo de control de seis meses.

3) Enuresis no complicada: de forma primaria, con pérdidas nocturnas moderadas.

4) Enuresis complicada: se acompaña de encopresis, y al menos una infección del tracto urinario, previa.

Estas alteraciones modifican el quimismo orgánico y los ritmos de funcionamiento de los órganos afectados. Un ejemplo es la alteración de los ritmos de contención y producción de orina, con un activo funcionamiento nocturno a fin de que la orina esté siempre disponible para su evacuación en sueños.

Tanto en la enuresis primaria como en la secundaria, los factores de orden psíquico son preponderantes, pero muy diversos, porque no hay una única estructura de personalidad del niño enurético.

Desde "La Interpretación de los Sueños" de Freud, sabemos que los sueños son el camino para la investigación de los procesos psíquicos.

Son la vía más adecuada para dejar pasar las fantasías que en otro momento, en la vigilia, no podrían ser aceptadas. El sueño por estímulo vesical, suele ser al mismo tiempo representante de un estímulo sexual que busca satisfacerse a la manera infantil de erotismo uretral. El estímulo erótico es representado en ellos como vesical y la estratificación de sus significados corresponde a una serie de cambios de sentido, por lo que símbolo ha pasado desde la época infantil. Un sueño se sustenta doblemente en un punto actual y otro infantil, entre la situación infantil y la actual, el sueño pone un enlace para transformar el presente según el modelo del pasado. El deseo del sueño procede de un tiempo originario al que se quiere retornar para acceder al nuevo deseo con aquellos mismos modelos. Las mismas representaciones simbólicas que encontramos como base del sueño vesical, en sentido infantil, muestra en sentido "reciente" una significación exquisitamente sexual. Así Freud, nos muestra una serie de ecuaciones donde agua es igual a orina, a semen; barco es igual a navegar (orinar), útero (caja); 

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mojarse sería igual a enuresis, coito, embarazo; nadar, igual a plenitud de orina, residencia del feto; lluvia sería igual a símbolo de la fertilidad; orinar igual evacuación sexual (polución).

Los sujetos que tienen frecuentemente el sueño de estar nadando con una agradable sensación, de niños, acostumbraban a orinarse en la cama y renuevan en estos sueños un placer al que han renunciado.

Hay algunos casos muy instructivos en donde las ganas de orinar conducen a la interrupción del reposo y a la evacuación de la vejiga, no obstante, el sueño continúa luego exteriorizando su necesidad en imágenes eróticas no encubiertas.

Siguiendo este camino podemos pensar la enuresis infantil como una manifestación de la sexualidad, donde una función fisiológica vital como la de orinar, se puede trastornar en una perturbación afectiva. Esta perturbación señala el estancamiento o la regresión de la libido al estadio sádico uretral, el que precede al estadio fálico, en un retorno a una de las teorías sexuales infantiles, donde el pis, a falta de conocimiento del semen intervenía en la procreación.

El aparato urinario aparece aquí en lugar del aparato genital aún no desarrollado. La mayoría de las cistopatías que sufren los niños en esta etapa son perturbaciones sexuales.

El miembro viril posee dos funciones: está encargado de evacuar la orina y de realizar el acto sexual, que satisface las necesidades de la libido genital. El niño aún cree reunir ambas funciones y según sus teorías, los niños se producen al orinar el hombre el vientre de la mujer.

El niño o la niña, al hacer pis consiguen cuotas de placer en el desahogo de opresión que el líquido ejerce sobre la vejiga, en las sensaciones que el deslizamiento del líquido por el conducto urinario le va produciendo, en los cuidados corporales que su madre le dedica.

La persistencia y el retorno de la enuresis es el síntoma de elección para quién no puede permitirse la masturbación. La micción se convierte en una descarga sexual de un tiempo impropio para su edad.

La masturbación tiene un papel importantísimo en la etiología de la enuresis. Los mismos niños se dan perfecta cuenta de esta relación y todas las consecuencias psíquicas ulteriores se derivan de este saber. Vemos que la reacción de la vergüenza aparece íntimamente enlazada a la micción involuntaria, nocturna o diurna. Los adultos se comportan también frente al niño, como si supieran de qué se trata la incontinencia, pues la tendencia amenazante que sostienen, da la característica a la enuresis, de juego masturbatorio.

Podemos así considerar la enuresis como una forma infantil de erotismo. Tiene las tres características esenciales de una manifestación sexual infantil, que son: 1) se origina apoyada en alguna de las funciones fisiológicas de más importancia vital, 2) no conoce ningún objeto sexual, es autoerótica, 3) su fin sexual se halla bajo el dominio de una zona erógena.

También existe una relación regular de la incontinencia de orina con el fuego. Esto lo podemos ver en los mitos y en el folklore.

Freud nos enseña en su texto "Sobre la Conquista del Fuego", de 1932, que la condición previa para la conquista del fuego habría sido la renuncia al placer de extinguirlo con el chorro de orina, como el niño tiene que renunciar a su masturbación infantil para conquistar su propia sexualidad.

Prometeo, robó a los dioses el fuego, oculto en un bastón hueco.

Por la transformación en lo contrario, interpretamos que no es el fuego lo que el hombre lleva en su tubo fálico, sino el chorro de orina que lo extingue. La conquista del fuego se obtiene mediante el robo, la sustracción. Este es un rasgo invariable de todas estas leyendas, que está presente en las historias de todos los pueblos.

En la mitología los dioses tienen el privilegio de satisfacer todos los deseos a los que el humano debe renunciar. Por lo tanto interpretamos que la vida instintiva, el ello, es el dios engañado. El hombre renuncia a sus instintos, tarea imprescindible para los fines culturales.

Las dos funciones del miembro masculino son incompatibles, contrarias, como el fuego y el agua. Cuando el pene llega a la erección donde se perciben sensaciones que recuerdan el calor del fuego, es imposible orinar. Contrariamente, cuando sirve para orinar parece que las funciones genitales del pene se extinguieran.

En "El Carácter y el Erotismo Anal", Freud nos habla de complejos de carácter que se derivan de la excitación de determinadas zonas erógenas. Allí nos enseña que rasgos permanentes del carácter son continuaciones de los instintos primitivos, sublimaciones, o reacciones contra ellos. Reconoce en este trabajo la "ardiente" ambición de los sujetos que en la infancia padecieron enuresis, ambición que los lleva a querer apagar su fuego con su propia

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agua. Por su propia inmadurez orgánica, los niños no pueden eyacular, situación que fantasean, pero en su lugar se orinan.

La antítesis entre el fuego y el agua lleva a la creencia de que si los niños juegan con fuego, intentarán por la noche apagarlo con agua.

Con lo dicho podemos pensar que dos conceptos contrarios no están lejanos.

Los sueños de fuego están muy relacionados con la enuresis nocturna.

Freud, en el análisis de un caso de histeria, trabaja un sueño de fuego. En el primer sueño de Dora el fuego y su antítesis el agua, nos conducen hasta el amor, que también moja y desde allí a los genitales femeninos. En el contenido manifiesto del sueño su madre quiere salvar el cofrecito de las joyas, para que no arda y en las ideas latentes del sueño se trata de que el cofrecito no se moje, como si Dora pensara a su madre guardiana de su sexualidad.

El erotismo uretral está muy relacionado con el genital, pues los niños en esta etapa piensan las diferencias sexuales en relación con la micción.

La enuresis se constituye como un instrumento de descarga de impulsos edípicos y su tendencia a dominarla puede tener consecuencias en el desarrollo del niño. El temor a los propios impulsos puede transformarse en temor a perder el control. A veces las dificultades para entregarse a la asociación libre se relacionan con el temor a orinarse. También la frigidez puede surgir por el temor inconsciente de dejarse llevar por la excitación, que podría acarrear para estas mujeres, la consecuencia desdichada de la pérdida del control de la vejiga. La vergüenza ante la enuresis puede surgir también como modo indirecto de castigo a los propios impulsos peligrosos. La enuresis se puede ir transformando en incontinencia masturbatoria o bien en incontinencia sexual o eyaculación precoz.

Por lo tanto este trastorno puede ser un antecedente para ulteriores neurosis.

La enuresis es un síntoma que mantiene al niño en la confusión, por lo tanto el niño enurético puede sufrir trastornos en el lenguaje y aprendizaje. Podemos encontrar una sexualidad censurada, con falta de palabras. Los adultos no hablan de la sexualidad, porque en ellos mismos está censurada.