ÍNDICE EXTENSIÓN UNIVERSITARIA Nº 52 |
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| CARLOS FERNÁNEZ | EL CUERPO COMO REMORDIMIENTO | |||||
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SE PRESENTÓ EN LA
SEDE DE LA EDITORIAL GRUPO CERO, |
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En la medida que las leyes de la matemática se refieren a la realidad, no son ciertas; y en la medida en que son ciertas, no se refieren a la realidad, nos dice Einstein. Lo mismo nos pasa con el Monólogo entre la vaca y el moribundo, y con cada uno de los más de 30 libros de Menassa. Esto que parece una aclaración es una concepción de la creación poética, que Menassa despliega y mantiene en cada uno de sus libros, porque Menassa es un pensador de la creación artística, desde hace más de 40 años. Lacan sabía que "la obra de un escritor no cesa de negar que el poeta encuentra en su vida el material de su mensaje, pero justamente la operación que este mensaje constituye, reduce sus datos a un empleo de material". Menassa mismo escribe: "La poesía no necesita ni muchos, ni pocos lectores, ella se conforma con una hoja en blanco. Y si esa hoja en blanco es la propia vida del poeta, mejor". Y también nos dice que "los hechos sólo existen después de ser interpretados", por eso que "sólo después sabremos... y ahí, ya no seremos éstos sino lo escrito", donde la vida era para el poeta las palabras escritas. El monólogo ha largo tiempo que se despliega como recurso escritural, es podríamos decir una estructura escritural. Platón tuvo sus monólogos que nominó como Diálogos, siendo El Banquete el ejemplo ejemplar del despliegue de su dialéctica interrogante, en ese diálogo-monólogo donde Sócrates y Agatón primero y Sócrates y Alcibíades después, o también podríamos decir el saber y el amor primero y el saber y el deseo después, se abren en una dimensión inaugural e inaugurante, que hace que sea un texto inevitable para todo aquel que escriba sobre el amor y sobre el deseo.
Amelia Díez Cuesta presentando el libro. |
Sade tuvo su monólogo entre el sacerdote y el moribundo. El monólogo es para el psicoanálisis la forma primera de posicionarse en el lenguaje, siendo el monólogo desde que nacemos en el lenguaje hasta nuestra muerte la forma en que la estructura del lenguaje nos toma. El monólogo entre la vaca y el moribundo abre la dimensión de la creación donde el creador y lo creado permanecen definitivamente unidos y separados. En el primer monólogo, es la poesía la que decide, porque para Menassa, "si es posible el poema, es posible la vida" y así "Tenía que dar la vida antes de poseerla. / Al instante de poseerla dejarla volar". En el segundo es el psicoanálisis, porque no se trata de lo vivido, ni de lo contado, sino de lo interpretado. En 1975 Menassa escribe que ha descubierto que se necesita el amor para vivir, que cualquiera se entrega por amor, así que dejó de pedir amor y se dedicó a escribirlo, a producirlo. Y en el segundo monólogo escribe: "Nada te di, nada me debes, sólo puedes amarme" y "Nada tomé, nada te debo, no puedo ni amarte". En el tercer monólogo se encuentran la poesía y el poeta desplegándose una teoría sobre la creación, donde poesía y mujer, poeta y escritor, se unen y se separan, cada vez. Y como nos dice en el cuarto monólogo "tal vez una verdad pueda cambiarse por otra verdad sin que se venga abajo ningún mundo". En el quinto demuestra que estamos hechos de letras y que no hay discurso sobre el origen sino origen del discurso. En el sexto escribe acerca de lo que es ser mortal: "sabiendo que voy a morir, vivir como si eso no fuera a ocurrir nunca y esa es la única gracia de la vida, vivir como si fuera para siempre" y también de lo que es ser grupal: "yo soy un grupo y en un grupo a nadie se le puede ocurrir poder con sus palabras", porque se trata de trabajar para ideas que después nos sostienen. Así en Psicoanálisis del líder, en 1979, ya había escrito: "Mis ideas, ya no necesitan, ni siquiera de mí" y "Necesito para conversar un hombre decapitado. Un hombre, que tampoco se crea a sí mismo" porque para Menassa las ideas siempre están más allá del mí, siempre son de la escritura. Respecto a que la escritura es un mandato social que se hace en contra del desaliento que imponen los sistemas imperantes y los contemporáneos nos dice "Ahora podré como Balzac contar lo que me hicieron para que yo también fuera uno de ellos" y muestra cómo nos invaden de preocupaciones de querer que los otros sean de otra manera, y lo hace hablando de la espera del funcionario del gas. |
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PSICOANÁLISIS
Y MEDICINA |
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EXTENSIÓN
UNIVERSITARIA: |
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Para pasar a darse cuenta que tiene que escribir, que está entre las rejas del deseo que él mismo se ha puesto, que si se encierra en una idea, en este caso escribir y publicar, el beneficio extraordinario serán los libros publicados. Y en el monólogo 26 dirá que escribir "aunque parezca una condena es un don" y respecto a lo grupal, cuyo cuerpo es la escritura, dirá: "soy una máquina que no se contiene a sí misma. Una especie de dolorosa y radiante intención de sobrevivir a pesar de todo" "Algún verso tocará los confines de la historia y eso es una energía". Y respecto a que la escritura es un mandato social nos dice que el poeta "canta sin razones", "Deja, esta noche, poeta, cantar a los sublevados sin razones". La poesía canta lo que pida ser cantado, lo que implique al poeta, y nos dice "Basta de guerra, perros, que necesito escribir con fuerza este poema" y "La poesía no necesita razones razonables para ser escrita, es como si pensáramos que se puede explicar la conducta asesina de los ingleses, (en la guerra de las Malvinas) por el mal comportamiento de la junta militar, o matar niños iraquíes para prevenir". Y denuncia, como todo escritor que "Con la guerra caen los libros, las instituciones, la revolución femenina, la libertad de escribir, la libertad de amar otra cosa que la antigua esclavitud, la libertad de amar otra cosa que el pasado, otra cosa que a mi madre", donde mi madre quiere decir: pensamientos anteriores, "no dejar que nazca lo que ha nacido". "La guerra no es un nuevo orden, es un viejo orden que nunca produjo cambios, progresos, sino retrocesos en la humanidad". En el séptimo monólogo nos enseña sobre el saber y nos dice que no hay aprendido, que el saber sólo se puede hacer, por eso que se trata de hacerlo o no hacerlo: "Yo por mi parte nunca me quedé esperando nada. Todo lo daba por hecho o por perdido desde el comienzo". 37 monólogos, 27 impasses o pasos, 37 interpretaciones. Porque los hechos sólo existen después de ser interpretados, es decir, que ni lo vivido, ni lo contado, sino lo interpretado, porque siempre incluye el concepto de inconsciente, siempre pone en juego la ética de la interpretación, en tanto el deseo inconsciente es su interpretación, siempre con un tiempo que incluye la retroacción significante. Comenzar por el punto final es comenzar por el momento de concluir el tiempo para comprender el instante de ver que psicoanálisis y poesía es psicoanálisis. Por eso el octavo monólogo nos habla de un narcisismo legislado por la ley del Nombre-del-Padre, lo que nomina, lo que separa la palabra de la cosa, lo que produce la castración materna, y en el noveno nos dice "porque en definitiva tenía que escribir sin fin el final" y para eso en el décimo se muestra que tenía que rodearse de personas que amaran esta manera de pensar, que el psicoanálisis propone y que amaran la poesía, es decir, la escritura. Y, así, el libro termina con esta frase: "EL SIGLO XX HABÍA FRACASADO". Y muestra que había sido porque si no tenemos en cuenta cómo piensa el psicoanálisis, los ideales no dejan de ser dictatoriales. Distinguiendo la locura y la ideología que se opone a la producción de humanidad.
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Menassa es más humanitario que humanista, es decir, tiene en cuenta que para transformar la realidad es necesario un trabajo, y como se trata de transformar una manera de pensar el amor, el sexo, el dinero, será un trabajo psíquico. Y así escribe poniéndose él para portar una manera de pensar y dársela a quien se tome el trabajo de apropiársela: "Me termino de dar cuenta que no tengo que tocar nada, si algo quiero tocar me tengo que tocar yo mismo". Y para modificar el yo sólo se hace cambiando la ideología del uso del dinero, y escribe "...ganar más dinero, para tener más dinero para poder repartir entre más personas que yo, Dios y mi mamá." Mostrando que amar también es una nueva manera de pensar el dinero, pues para Menassa el dinero es un equivalente general, es decir que el dinero es lo que hace que un objeto sea equivalente como objeto, como nos dice la teoría del valor de Marx y, también, lo que hace que no le debe la vida a nadie, porque lo que no se paga con dinero se paga con la vida, y esto quiere decir, no que alguien se quede con tu vida, que nadie la quiere, sino que eres tú el que te quedas sin hacer tu vida, porque la vida sólo se puede hacer y después de hacerla sólo se puede interpretar. Y así en el monólogo 35 nos dirá que el sexo no cae, que sólo el dinero hará que de viejos la sexualidad sea equivalente a la sexualidad, que o se es mayor o se es viejo. Y en el 34 nos dirá que los jóvenes no son dueños de la juventud ni los viejos de la vejez, que ni los ricos son los dueños del dinero ni los pobres de la pobreza, que son significantes del lenguaje. Y escribe: "Rompí la esfera de lo inalcanzable, donde se guardaban los secretos de nuestra esclavitud." En este último monólogo Menassa despliega los ideales del siglo XX, donde no se tuvo en cuenta la envidia, siempre destructiva cuando no se trata de la envidia fálica constitutiva del sujeto, ya sea hombre o mujer. Y los ideales decían: "Un niño hoy es una boca que debemos alimentar porque mañana esa boca será dos brazos que den de comer a diez bocas". Sin embargo "Me he visto dándole de comer a una boca que, para seguir siendo boca, iba cortando sus brazos a medida que le crecían, para no darle de comer a nadie, para sentirse frente a mí el único niño del mundo. Y bocas feroces que se comían todo lo que había y después lo escupían, para poder tener hambre nuevamente y comerse toda la comida de los otros niños. En esa fantasía no era que no existían otros niños, sino que el personaje central de la película, a los niños que no eran él, los mataba de hambre. Hubo bocas serenas que se cuidaban de todo. Tampoco llegaron muy lejos en ningún tipo de nueva ética. Cuando no comían, no permitían que comiera nadie y cuando comían se empecinaban en que tenía que comer todo el mundo. Y hubo bocas y bocas y bocas sedientas y hambrientas y nunca llegamos a ser tantos brazos para alimentar tantas bocas. Por eso, querida vaca, EL SIGLO XX HABÍA FRACASADO."
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Sabiendo que no se puede volver atrás y tampoco hacia delante, se tratará de otra cosa. Ya en 1975 había escrito: "Nada de dejar el pasado, nada de vivir el presente, empecemos de nuevo, juguemos juntos a otra cosa". Y en el monólogo XVIII escribe: "Para poder estar juntos, tenemos que ser dos, abiertos, separados, sin sentimientos, ágiles y sin remordimientos, sin culpa", porque "la vida, aunque te mates, siempre empieza la semana que viene. Y si bien para todos es matemáticamente imposible, para muchos es matematizable, al decirlo, posible". Y siguiendo su manera de pensar, Menassa nos dice "Me complico, a veces, porque la vida, también es complicada". En 1975 decía: Hablemos de verdad "hazme una violencia, dibújame en la cara el gesto de horror", porque sólo hay saber frente al horror. "Dime que hay muchos días con sol y muchos días sin sol". Se trata de que no nos pase como a la Selección Española en los últimos Mundiales "un equipo donde los medios hacían de creadores y los creadores no estaban en el campo, los defensas de organizadores y los organizadores tristes, sin ideas". Se tratará, como dice en el monólogo XXX, de que todos demos un paso atrás para que se note la presencia del escritor, se tratará de que estudiemos los textos y leer es transformarse por lo leído, porque o se transforma el lector o se transforma lo leído. Porque la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero, como toda Escuela es una manera de pensar la transmisión, y en esa manera está el que sea una Escuela dirigida por un psicoanalista, poeta y escritor, donde la escritura es la verdadera sexualidad tanto de la posición de analizante como de la posición del analista. Se trata de una vida "donde pueda hacer por mi escritura todo lo que el deseo de escribir impone, convenga o no convenga a los contemporáneos". "Porque un hombre poderoso para serlo", se trate del poder que se trate, "ya ha tenido que desear". "Saber y no saber, al mismo tiempo, que nadie sino yo", es decir cada uno, "debo recorrer mi camino". En el monólogo 30 nos dice que "nadie te da la libertad de escribir, ni uno mismo", porque sabemos que se trata de un deseo y un deseo ni se tiene ni no se tiene, se construye. Yesto es durante toda la vida, por eso en el monólogo 36 nos da la clave: es con psicoanálisis, pero que el psicoanálisis sea interminable, como la vida misma, es una decisión del analizante, porque la función del analista es analizar, pues "Una fórmula sin letras es lo que define mis funciones" "Leyes que nadie puede cumplir, eso es lo que se mueve en mis conceptos" "Mi deseo no es el de Lacan y ni siquiera el de Freud, así que nuestros inconscientes son diferentes". Así vemos al analizante decir una frase más para continuar su análisis, porque si no es así, si se trata de un hombre será un hombre dominado por la cosmética, casi una mujer antigua y si se trata de una mujer no dejará de amar a su padre, es decir "volará todo lo alto y todo lo lejos que pueda, pero sin escritura, y por lo tanto sin psicoanálisis, tarde o temprano aterrizará". Y así se muestra en el monólogo XXX y XXXII. Este libro es para dejarse leer por el libro, como todo libro que sea leído, y muchas veces, porque sólo así nos atravesará dejando un surco que hará surgir en nosotros una diferencia, una escritura. Menassa nos dice: "escribir, también, fue un encadenamiento. No hubo verso ni soledad que no le debiera a alguien" y también que la vida siempre está por comenzar. Como leemos, un escritor que cree en las transformaciones, un poeta que recurre al humor y no al sentimentalismo, es decir que ama sus propias transformaciones: la escritura. AMELIA DÍEZ CUESTA
Una de las salas desde donde los asistentes pudieron ver el acto desde los televisores.
La presidenta de la Asociación Pablo Menassa de Lucia.
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Asistimos a otra nueva propuesta poético-psicoanalítica en la extensa trayectoria escrita de Miguel Oscar Menassa. Recorriendo los primeros monólogos entre la vaca y el moribundo, el texto nos muestra una variedad en los temas, que se van desarrollando como soliloquios de los dos términos del monólogo entre un hombre y su animal. No desentrañamos en los comienzos si ese moribundo es el hombre, lo humano en general, o lo que del hombre morirá para dar vida a una escritura. El moribundo muestra sus deseos, sus sueños y hasta la vigencia de delirios juveniles, como el Nobel. La interlocución es con el tiempo de la historia, los grandes productores, los pensamientos eternos del hombre, sus miedos, sus vanaglorias, el pensamiento de la fugacidad de la vida. Hay un mundo después, el de la propia posteridad, su posibilidad, como una certeza que proviene del ejercicio de un mandato social. Pensamiento propio de los grandes productores, pensamiento para la realización de grandes obras. Lo otro, lo neurótico, es lo eterno, lo inmortal. Un tiempo inexistente, lo único que ocurre es el deterioro. No el tiempo suspendido de la creación, sino un tiempo de hojarasca y calendario, donde la muerte sólo acontece a los demás y no a mí mismo, yo grandilocuente y esencial. Menassa nos muestra en su elocuencia con la vaca un tiempo casi tangible enmarcando su vida de creador, de poeta. Desfilan ante la lectura, momentos de grandes proyectos y momentos nimios, cotidianos, de la especie. Haber salido vivo de amenazas de muerte a su organismo lo hace reflexionar sobre el cuidado y el amor a su cuerpo, soporte vital. La vaca silenciosa y complaciente comienza a humanizarse y a tomar protagonismo en los parágrafos XIII a XIX. Podemos leer ..."Mientras yo me retorcía de alegría y la vaca mugía, sin parar al compás de los pájaros, los asesinos legalizaban su situación declarando la guerra a diestra y siniestra. Muuu, muuu, muuu, mugía la vaca con desesperación, pidiendo como sólo ella sabía hacerlo que volviéramos con urgencia a nuestra vida anterior, donde sin palabras éramos capaces de alcanzar la belleza con sólo mirarnos". En el XV, encontramos "te educaré, vaca perdida, arrancaré de tu vientre animal una sonrisa y te pondré a jugar con los niños. Muuu, dijo la vaca al borde de la comprensión y yo sentí que me decía: La muerte y los escollos marinos serán el pasado, la vieja infancia, la familia. En el XVI la vaca dice... "Soy tuya en esa nada de sentir, pero no tuya en un sentido mezquino, sino amplio y generoso, soy para ti, pequeño hombre torturado por el amor, la paradoja de ser vaca y alma en el mismo momento en que me besan."...el moribundo dice "... de a poco fui comprendiendo sus palabras y yo también me liberé mugiendo porque ella me había dicho: "para poder estar juntos tenemos que ser dos, abiertos, separados, sin sentimientos, ágiles y sin remordimientos, sin culpa". Cuando la vaca en el parágrafo XXIII se postula como sujeto marcado por el significante, consigue su plena humanización y cierta ambigua característica femenina, da paso al pensamiento del fracaso de la mujer a pesar de sus progresos en el siglo XX. La vaca, en su humanización le pide poesía y amor al moribundo que empieza también a transformar la condición hasta sus realizaciones como hombre, como psicoanalista, como poeta. En la carta final a su querida vaca, la escritura del poeta atraviesa y encadena los actos de un siglo de fracasos, el siglo XX. La envidia como bocas que se comen a sí mismas que "cuando no comían, no permitían que comiera nadie y que cuando comían se empecinaban que tenía que comer todo el mundo". Y sobre todo, la clave de la derrota, "nunca llegamos a ser tantos brazos para alimentar tantas bocas." Aunque es preciso recordar que desde la intimidad de un parágrafo anterior, el XXIX, la vaca más allá de los recuerdos, toda significante y algo de corazón consuela al poeta... "hoy día una vaca puede volar tan alto como tus propios sueños, tú tranquilo. Muuuuu. Mi amor, tú tranquilo, esta noche, hasta el amanecer seremos una sola piel y no habrá cálculo posible que pueda medir tanta belleza.". La propuesta de los comienzos se ha consolidado, un mundo de pensamiento donde el inconsciente juega su lugar central, habitado por los nombres de tantos pensamientos, Breton, Artaud, Aragon, Balzac, Sartre. Un universo de las palabras, soliloquio del principio, diálogo amoroso, que consigue al fin interlocución, la vaca pasa de rumiar y sentir al ejercicio de su voz a través del vehículo de la palabra, en energía y plenitud. MARÍA CHÉVEZ
María Chévez leyendo la presentación del libro. |
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Carmen Salamanca leyendo su presentación y el autor escuchando atentamente. 37 capítulos componen este libro de Miguel Oscar Menassa, en la colección Narrativa 2001. Un libro sorprendente, comenzando por este título que nos hace intuir la destreza con que el autor enfrenta su diaria, y múltiple, relación con las palabras. No es un monólogo en el sentido estricto, en tanto en la narración habla más de un personaje. Entonces ¿porqué esa palabra al comienzo del título? ¿Será una maniobra de seducción o de despiste? ¿Qué habrá querido decir? Damos la vuelta al libro. Leemos el nombre del autor, Miguel Oscar Menassa, y debajo, como primera seña de identidad, poeta. Entendemos, ahora, que no hay nada que entender, pues la poesía es un viaje a lo desconocido que sólo podremos realizar si le entregamos, previamente, la dirección de la nave. Y esto, como bien sabe el moribundo, tiene sus consecuencias: "El poeta oponía durante todo el tiempo que duró la escritura del libro, a mis imprecisiones científicas (como él las llamaba) la vida, mi propia vida, que en la relación con su escritura se fue transformando hasta tal punto que llegué a creer por momentos que era yo mismo el que escribía los versos." Una vez despojados de toda intención, estamos en condiciones de escuchar al hombre que nos habla desde las páginas de este libro. Un hombre que, por humano, está dividido: vaca y moribundo al mismo tiempo. Vaca por imposición de la especie que, al necesitar de macho y hembra para reproducirse, nos condena a morir. Y moribundo, no precisamente porque vaya a morir, sino porque lo dice y, al decirlo, acepta la invitación de vivir. Un ser cuya vida depende de palabras, que nunca expresan exactamente lo que quisiera decir y, a la vez, muestran más de lo que dicen. Y, para el poeta, el encadenamiento es todavía mayor: "La vida era para el escritor sus palabras escritas." Precisamente por esta característica de las palabras, esa torsión permanente del sentido, el poeta es capaz de encontrar el retruécano vital que nos permite una salida frente a la determinación de la especie: "Todo el mundo tendrá en principio su verdad, después aprenderá a mentir: sabiendo que va a morir, vivir como si eso no fuera a ocurrir nunca y esa es la única gracia de la vida." Una vida que sólo se puede vivir, "nadie es capaz de pensar su vida". Quizá por eso, el moribundo nos pone enseguida en antecedentes: "Querida vaca, yo también soy un enfermo curado por el psicoanálisis". Afortunadamente, pues será necesario un cierto grado de curación para sostener las intensas relaciones que, a lo largo del libro, mantendrá con el poeta y el psicoanalista. "Desórdenes incalculables para mi personalidad, tanto en mi economía libidinal como en mi economía política, eran productos de instantes insoportables para mi moral durante el tiempo de la conversación." Precisamente eso es este libro, una conversación entre los distintos lugares por los que transita la vida del escritor. Funciones que, para ser desarrolladas, exigen que el sujeto se aparte, quede en segundo plano. Si hay ejercicio de la función, podemos decir que, previamente, hubo un moribundo. Hombre, poeta, psicoanalista... ¿De quién es el cuerpo? ¿Quién sostiene el deseo? ¿Quién paga la experiencia? Cuestiones vitales, cuyas respuestas irán armando el peculiar puzle de esta historia. El hombre: "El no sabe, porque todo lo hace sin saber, que mi cuerpo ya no me pertenece o, por lo menos, está perdido entre sus letras." El poeta: "Lo decidí una tarde, / las montañas no existen. / Y las cumbres, / tienen que ver en todos los casos con dios." El psicoanalista: "Después de mí, ningún poeta morirá de pobreza." Inmerso en semejante enjambre de deseos, el moribundo duda permanentemente, la vaca tiene corazón desde el principio. El moribundo escribe, reflexiona, habla intentando ver. La vaca parece que le escucha y, a su manera, contesta: muge como una mujer o como una compañera o como un soldado o como un filósofo grupal. Ella sabe que, para modificar la realidad, hay que poder decir, aun cuando la desesperación tenga que ser vivida. "Los dioses merecen un escarmiento. (...) El niño vivirá en nuestras palabras y nosotros volveremos a construir otra montaña." CARMEN SALAMANCA GALLEGO |
En El oficio de morir, diario de un psicoanalista, publicado en 1983, escribe Menassa: "El escritor que tiene todo lo que ambiciona no puede ser poeta". "El hombre va siendo eso que dice ser, y es verdad con el tiempo". "El hombre va siendo eso que dice ser, y con el tiempo, es verdad". En 1961, Miguel Oscar Menassa publicaba su primer libro, después vinieron cuarenta títulos publicados y en la contraportada de Monólogo entre la vaca y el moribundo dice: "Poeta, psicoanalista, Médico, Pintor, Editor, a la búsqueda del Nobel". Cartas a mi mujer, un libro con fechas, día, hora, mes y año, hasta el lugar concreto donde se produjo la carta, porque el escritor se produce con trabajo, es un extranjero: a los hombres les habla de amor, a las mujeres las manda a trabajar. Para que el lector, pueda aquello que desea, cierra el libro con: "Una interpretación psicoanalítica debería sorprendernos a todos". "El Otro no es nadie". El autor escribe, se pregunta por el siglo XX, ¿Cómo fue posible lo que fue posible? Y ésta, por fin, es una pregunta epistemológica. Lo que sí, ya se sabe, por eso un poeta tiene que agradecer, es que con el Psicoanálisis, la Poesía haya modificado sus MANERAS, su modo de producirse, su concepto de humanidad. La mujer, el hombre, antes del psicoanálisis, no sabían nada acerca de cómo se producían: La poesía, la ciencia, el amor. Me alegra haber llegado al año 2000. Lo ambicionaba desde joven, por eso llegué. Una ambición secreta, poderosa, femenina. Dos libros, como todo significante par, un libro de cierre y un libro de apertura, dos libros que representan al escritor para la escritura de la historia de los pueblos, por trabajar de forma ejemplar la puntuación, por escribir sencillo de lo impensable, de lo no dicho, ya que nos dice que el mundo es verdaderamente de quien lo piensa. Hombre, mujer, las dos primeras décadas del 2000 dependerá, sencillamente, de trabajar o no trabajar. El Psicoanálisis puede curarnos de nuestra clase social. En una sociedad justa el trabajo es un don. Hacer dinero no sirve para nada. Lo importante para la humanidad es generar trabajo y para cuanta más gente mejor. Dos libros para investigar la transferencia, el amor, el trabajo, la transmisión, el sujeto del inconsciente que el autor muestra psíquico y social en esta escritura. En el Monólogo, Menassa escribe: "Me gustaría esta vez, intentar un cierto orden, dar cabida a cierta preocupación por el orden en el dinero y en los escritos. El resto se irá haciendo solo. Estoy entre rejas y yo mismo me he puesto. Me condeno a vivir y trabajar encerrado en la casa del poeta desde el uno de julio de 1991 hasta el 31 de julio de 1996 y luego revisaremos la condena. El solo afán de salir libre puede acarrear otra condena de cinco años más. El buen cumplimiento de la condena no acorta la pena, a lo más no la prolonga." Cartas y Monólogos dos maneras de escribir, trabajar, gozar y pensar. Cartas y Monólogos dos géneros de una sola especie: Poeta y Psicoanalista, es decir Poeta y Psicoanalista. No se trata de un escritor al que le interese o no le interese el Nobel. Se trata de un nombre propio Miguel Oscar Menassa, que le presta su nombre como autor de los libros al otro, ya que los poetas no tienen nombre propio. Un nombre propio, a la búsqueda del Nobel, porque como escribe en el monólogo XXI: "Yo me pregunto de dónde sacará tantas ideas para mantener en soledad un gran movimiento. Y él me responde, sin haberme escuchado, que no se trata de ningún movimiento, sino que se trata de una Escuela de Psicoanálisis. Él se pone muy serio cuando dice esto último, pero yo me lo sigo imaginando en esa soledad y me pregunto sin entender ¿para qué? ¿por qué tanta soledad? El doctor, mirándose las manos y luego mirándome a los ojos, me dijo: - Primero, poeta, yo también soy escritor y si a un escritor le piden que ocupe la función de Director de una Escuela de Psicoanálisis, es sólo para que su estilo impregne los fenómenos de transmisión. Y para que el estilo que conllevo se ponga ahí, es absolutamente necesario que yo mismo cometa todos los errores y todos los hallazgos de la escenografía." Cartas a mi mujer y Monólogo entre la vaca y el moribundo, dos libros, dos significantes del siglo XX, para el siglo XXI. Felicidades Menassa y gracias por mostrarnos cómo se construye una obra. CARLOS FERNÁNDEZ DEL GANSO
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"Basta
de versitos, pibe" "Basta
de versitos, pibe". "Basta
de versitos, pibe" Que la vaca es femenino, y es inmortal. Y por tener, hasta tiene cuerpo. Claro que a veces su cuerpo son sus Tetas, y sus vísceras, y su corazón. Y el moribundo es masculino, y por tener, tiene hasta sexo. Y una vez tuvo cuerpo, una vez. Tuvo pulmones, y abrazado a su madre, esta vez, casi se muere. "Basta
de versitos, pibe" Si somos todos moribundos, todos estamos al borde de la muerte, el tiempo es una constante. Como tal, ya no me ocupo de ella. Sólo cuentan los sesgos. Que "más allá de la vida, ningún goce. Más allá de la vida, la muerte". Y tranquilo, pibe, que hasta un moribundo tiene porvenir. "Y si puede uno, pueden todos". "Basta
de versitos, pibe" "Basta
de versitos, pibe". Así que estamos en una Escuela de Psicoanálisis que tiene a este escritor como Director, es decir, que tenemos voluntad de estilo. Y si bien es Verdad que haber, hay muchos estilos, Director sólo hay uno, así que comandará su estilo. "Nada
te di, nada me debes, sólo puedes amarme. Basta de versitos, piba. MÓNICA GORENBERG
Carlos Fernández y Mónica Gorenberg leyendo sus presentaciones.
Miguel Oscar Menassa firmando ejemplares.
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XI
CONGRESO INTERNACIONAL GRUPO CERO. Tal
vez una verdad pueda cambiarse por otra verdad El título Deseo y Diagnóstico, tiene que ver con una pregunta acerca de si el deseo del médico es tenido en cuenta, o no, cuando se trata de llegar a un diagnóstico. Voy a contarles dos historias que se juntaron en mi memoria cuando reflexionaba acerca de qué tema trabajar para este Congreso. Si las menciono es porque me acercaron al título de este trabajo. En la primera historia, el enfermo acudió al médico después de varios y esporádicos episodios de tos que terminaban en una expectoración que presentaba indicios de sangre. El médico general al escuchar la palabra tos, asoció con pulmón y derivó inmediatamente al enfermo al neumólogo. El neumólogo, al enterarse de que no era el primer episodio de esas características, se apresuró a indicar los análisis clínicos que creyó convenientes para confirmar el diagnóstico que no dijo en ese momento, pero que su actitud delataba con claridad. Era un buen caso, un cáncer de mediano tamaño que sólo afectaba a un lóbulo pulmonar, en un paciente de más de cincuenta años que no presentaba ningún otro signo que afectara gravemente al resto del organismo. Era una perita en dulce, una oportunidad de desplegar sus habilidades y conocimientos quirúrgicos en un cáncer de pulmón, relativamente sencillo de extirpar, ya que no había signos de infiltración local y, por tanto, las complicaciones eran, a priori, mínimas, pero que aún así requería de toda la escenografía de una gran intervención, nada menos que en la cavidad torácica. Además, las probabilidades de que el enfermo curará definitivamente del cáncer eran muy altas, pues no había ningún signo de afectación del resto del organismo. La casuística es cada vez más casuística en un mundo tan globalizado. El médico hizo su trabajo, el Orden médico se imponía, neumólogo, no miró más allá de las fronteras que limitaban su campo visual, y el enfermo, curado completamente del cáncer pulmonar, como certificó al enfermo después de la operación, murió un año después a causa de un cáncer de páncreas origen probablemente de la metástasis pulmonar. En la otra historia la protagonista es una mujer de sesenta años. Un día comienza a notar dolores en una pierna. Hasta ese momento la paciente no había tenido ninguna enfermedad de importancia, más allá de unas molestas jaquecas que la venían atormentando desde "siempre". En este caso el médico de cabecera derivó a la enferma al traumatólogo, que después de la exploración clínica y analítica diagnosticó una hernia discal en la columna lumbar y, por consiguiente, indicó la intervención quirúrgica. Una vez abordada la zona a reparar, se observó que no había ninguna hernia que comprimiera la médula espinal a ese nivel, pero sí que se podía observar unas lesiones de los cuerpos vertebrales que parecían ser compatibles con un tumor óseo maligno. Pero, en cualquier caso, lo encontrado no justificaba plenamente los dolores de los que se quejaba la enferma. La exploración diagnóstica que se realizó posteriormente concluyó que la enferma presentaba un carcinoma cerebral con múltiples metástasis en diferentes órganos. Hasta aquí los relatos. Ambas ilustran de alguna manera la incidencia que puede tener el deseo del médico, en tanto sexual reprimido, en el diagnóstico de las enfermedades y, por tanto, en el posterior tratamiento de las mismas. Se trata de situaciones médicas nada extraordinarias. Muy probablemente muchos de ustedes conozcan de alguna, sino igual, sí muy similar. Lo que tienen en común es que en las dos está en cuestión el diagnóstico, no tanto porque fueran desacertados, sino que sólo abarcaban un aspecto parcial del mismo. Esto tenía como consecuencia inmediata la instauración de tratamientos que no tuvieron el éxito deseado. En algunos casos se pudo comprobar durante las intervenciones, en otros durante el período de convalecencia de las mismas, que los diagnósticos habían sido erróneos, |
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XI
CONGRESO INTERNACIONAL GRUPO CERO. |
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no tanto porque no justificasen la intervención indicada, sino porque sólo se había tenido en cuenta un aspecto local de lo que afectaba realmente al enfermo. Algo se había escapado a la mirada médica. Me pareció pertinente para un Congreso de Psicoanálisis y Medicina, escribir acerca de ciertas reflexiones que surgieron en mi ánimo al hilo de estos sucesos, y en especial llamar la atención de la importancia del deseo del médico a la hora de emitir un diagnóstico. Pensaba poner a prueba los métodos de diagnóstico y atacar la seguridad que embarga a los médicos en cuanto a sus métodos supuestamente científicos de diagnóstico. Es decir, de nuevo una violencia. Entonces, ninguna violencia, si acaso la del discurso médico en su afán de dominio. Como dice el poeta: "ni huir ni arremeter contra nada. Aprender a conversar tranquilamente, eso enseña el amor." El discurso médico impone sus leyes, primeramente al médico, que será el encargado de acoger ese deseo que es el de la medicina, el deseo de curar y que es en aras de ser sujeto de ese orden, tendrá que apartar su propio deseo. También al enfermo se le impone el orden médico, que por extensión termina desprendiendo una moral, pues la medicina se vuelve moralizante al sustituir el orden del deseo por el suyo propio. Como el orden del deseo es diferente del orden médico, y por consiguiente muchas veces viene a contradecirle, todo lo que atestigüe una vida "disoluta" del enfermo será generalmente mal recibido por el médico (Sé de psiquiatras que les parece abominable y moralmente intolerable que un enfermo visite a un psicoanalista). Al constituir su objeto, la enfermedad, como sujeto de su discurso, la medicina borra la posición del enunciador del discurso, la del enfermo mismo enunciando su sufrimiento, y también la del médico al retomar ese enunciado en el discurso médico. Se trata ante todo de proteger la mirada médica. Para ver, el ojo no ha de ser visto. Se impone, pues, la necesidad de hablar de la medicina como un discurso. Y de entrada para destacar lo siguiente: que subjetiva, desubjetivando. Despoja por igual al médico, llamado a acallar sus sentimientos porque lo exige el discurso médico, y al enfermo. Al mismo tiempo que el enfermo se borra ante la enfermedad en cuanto individuo, el médico se borra igualmente ante las exigencias de su saber. Hablar de la medicina como de un discurso nos permite no depender demasiado estrechamente de la idea que ella misma se hace de su carácter científico. Porque la medicina invoca, y con toda razón, la ciencia, y porque ciencia se ha convertido en sinónimo de verdad, la medicina constituye un bastión que resiste tanto a los ataques más vigorosos como a las alabanzas más torpes. En lo esencial, lo que funda a la medicina es su constitución como discurso. Bajo la cobertura de la objetividad de los resultados consignados y de los efectos del saber adquirido, la mira del autor del discurso médico, es decir, la mira de cada médico, sigue estando puesta en la existencia sobre el hombre de un discurso que cada individuo en particular no puede conocer. Este discurso constituye un orden de cosas en relación con lo cual cada uno habrá de situarse para aceptarlo o para rechazarlo. Discurso sobre la enfermedad, sobre su etiología y su patogenia. Para establecer ese discurso hay que privilegiar ciertos hechos y excluir lo que contradiga ese discurso. La clínica médica termina allí donde empieza la pasión y el deseo. Al sustituir el orden del deseo por el suyo, la medicina se vuelve moralizante. Como el orden del deseo es diferente del orden médico, lo contradice, todo lo que atestigüe su presencia en el enfermo será mal recibido por el médico. El deseo del médico se dibuja sobre el fondo de exclusión del deseo que instaura el discurso médico. Hasta qué punto el neumólogo encuentra lo que quiere encontrar. El médico debería reflexionar acerca de si sus ansias por granjearse un lugar destacado en la jerarquía médica, pueden, o no, influir en sus ganas de trabajar, sus ansias de curar, su deseo de cumplir mejor su tarea. La medicina decreta la exclusión del deseo, el psicoanálisis lo interpreta. Aquí quiero hacer mía una frase que distintos autores atribuyen a Platon: Decir que el médico se ha equivocado es sólo una manera de hablar, es como decir que se han equivocado el calculador o el gramático, en realidad, ninguno de ellos se equivocan,nunca se equivocan mientras merece el nombre que le damos.
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Esta incursión de Grecia en esta página me trae el recuerdo de otra historia, que seguramente conozcan. Se trata de una leyenda, sin embargo si se difundió ha de ser porque encubre alguna verdad, aunque no pueda probarse su carácter histórico. Se dice que cuando el joven Hipócrates asumió sus funciones de médico en el templo de Asclepio de Cos, la primera en consultarle fue una muchacha de nombre Avlavia, cuya enfermedad se resistía a los cuidados de su padre, que era médico, y de todos aquellos a quienes había consultado. Después de examinarla, Hipócrates estimó que era un caso que superaba los recursos de su arte, y le aconsejó que fuera a consultar al oráculo de Delfos. La muchacha obedeció, y el oráculo le anunció que debería volver a su país, que se curaría, y que el joven médico que la había examinado la amaría y se casaría con ella. Y efectivamente, Hipócrates y Avlavia se casaron... Al parecer, Hipócrates limitó a esa aventura con Avlavia las interferencias entre la vida profesional y la vida amorosa. En todo caso convirtió en regla deontológica la negativa por parte del médico de toda relación de ese tipo con los enfermos. La pasión está del lado del enfermo, el médico está del lado de la razón. Leyendo a Platon, cabe imaginar otro tipo de relación médico enfermo. En el Carmides, Sócrates se hace médico para atender a Carmides que padece de dolores de cabeza por la mañana, al levantarse. Pero lo que le interesa a Sócrates no son los dolores de cabeza, sino la extraordinaria belleza de Carmides y, más aún, la sabiduría del joven, alabada por su tío Critias. Al ver llegar a Carmides, Sócrates queda perturbado: Ardía, yo no era dueño de mí mismo... Sócrates prescribirá una hierba y un hechizo, pero para que se decida a revelar cuál es el hechizo, Carmides tiene que convencerle antes de su sabiduría. Se entabla entonces un juego de seducción recíproca donde se hacen presentes el deseo de Carmides de acceder a la sabiduría y el de Sócrates para discutir sobre ella. Ya no se trata entonces de dolores de cabeza, sino de amor a la sabiduría. La pasión está también del lado de Sócrates. Tanto el uno como el otro están divididos, impulsados cada uno de ellos por un deseo. Sócrates no toma el dolor de cabeza como un hecho, no se sitúa desde el comienzo en el vocabulario específicamente médico que lo designaría cefalea o jaqueca. El deseo está por todas partes, todo el mundo lo reconoce. La medicina lo excluye, y quizá hasta cierto punto no está mal que así lo haga. Eso le ha permitido alcanzar el nivel del conocimiento que posee sobre las enfermedades del organismo. Los tratamientos son cada día mejores y más eficaces. Las técnicas quirúrgicas han permitido llegar hasta el último rincón celular causando el mínimo daño en los tejidos quirúrgicos. No es necesario que me extienda en la enumeración de los logros de la medicina, es una realidad que no tiene discusión. Pero el descubrimiento del inconsciente en el siglo XX, esta novedad aportada por Freud, ha generado una nueva realidad. Es imposible escaparse a su sobredeterminación. La medicina para seguir avanzando no puede seguir haciendo como que no existe algo que ya ha sido producido. En el mundo humano todo está tocado por el significante, también la biología. Lo natural en el hombre es que el hombre habla. Vivimos en un mundo significante, donde el significado es radicalmente distinto del significante. Esos dos niveles de la palabra se deslizan permanentemente el uno sobre el otro, siendo el significante la fuente de toda significación. Como significado se presenta la continuidad de lo vivido. Ese perpetuo deslizamiento del significado bajo el significante y del significante sobre el significado, hace posible que lo que es significante de algo puede convertirse en todo momento en significante de otra cosa. Esto es lo que Freud aportó bajo el término de pulsión. Se trata, dice Lacan, de ese límite nunca alcanzado en absoluto. Algo que se encuentra virtualmente en el límite de la reflexión del hombre sobre su vida. Las relaciones del hombre con el significante se encuentran vinculadas de forma muy precisa con esta posibilidad de supresión, de puesta en paréntesis de todo lo vivido. Se trata de la operación del lenguaje, de la entrada en el mundo del significante. La posibilidad de que nada de lo que hay en el significado exista. Fernando
Ámez Miña. Médico-Psicoanalista
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Preguntarse por el cuerpo y preguntarse por la culpa, lleva a decir algo del dolor, algo del cuerpo y algo de la culpa, que sólo irrumpe en presencia de otro cuerpo que el propio, y en el goce del cuerpo del otro. Goce marcado por la culpa, culpa por la masturbación infantil pero que se presenta frente al acto sexual, allí comienza la culpa. Cuerpo del sujeto que sólo se perfilará en la fragmentación de la imagen del cuerpo femenino que hace nacer como sujeto psíquico al fragmentado montón muscular y orgánico que lo inicia como cuerpo biológico. (La alienación pone en relación el cuerpo con el goce). Aquello de lo que subjetivo mi cuerpo, de eso gozo, la alienación es ya otro goce, no aquel de Edipo, goce culpable, sino goce pulsional, mirada, voz donde está en juego el deseo y una frase rectora que nos recuerda; "El mismo síntoma en diferentes pacientes, equivalen a operaciones deseantes diferentes". CUERPO Y ALIENACIÓN En la operación de alienación se establece que no se trata de algo del uno en el otro y viceversa, se trata de otra cosa, algunos de nuestros escritores dicen "un nuevo ser", otra producción, una nueva realidad, transformación de la realidad como la interpretación, productora de una nueva realidad. El cuerpo está hecho para ser marcado, por la irrupción del Uno, del rasgo unario en el cuerpo, (En el) campo del Otro. Sujeto de la demanda es el sujeto que habla, sujeto del lenguaje, articulado en la palabra. Hemos dicho que el Otro es el cuerpo, y el cuerpo fragmentado de la madre en su origen subjetivo, (como origen de función). La economía del goce se introduce por la subjetivación del cuerpo. (El Otro es el conjunto de los cuerpos). La introducción del sujeto gira en la separación de los cuerpos y el goce; también, la introducción de ese objeto femenino, objeto de goce que es valor de goce y que separa al cuerpo del goce. El goce lo referimos al cuerpo, de uno o de otro, el cuerpo es gozante. El goce en sí es un cuerpo donde aún no está separado cuerpo y goce. Pero en el goce para el otro (min) ya está separado cuerpo de goce y ese es un paso que consideramos civilizador gozar más allá de mi cuerpo con mi cuerpo. El goce no puede ser atribuido ni puesto en ningún sujeto, es algo donde marca sus límites el principio de placer, no hay goce más que del cuerpo; ese cuerpo que se constituye en los límites de los objetos a, de los restos de la operación. Después del goce feroz, de la esfinge-madre fálica, su renuncia entraña un goce marcado por la culpabilidad aunque la culpa por la masturbación infantil no se presenta sino frente al acto sexual que es donde comienza la culpa. El Deseo es el deseo del otro, siempre es deseo inconsciente, tiene articulación significante. Para que haya deseo debe haber demanda, que será construido en esa demanda. El cuerpo es ese lugar del Otro donde se inscribe la marca en tanto significante, ahí donde se inscribe el rasgo unario. Es la alienación la que pone en relación el cuerpo y el goce. La alienación ya es otro goce, no el goce culpable de Edipo sino goce pulsional, de la mirada, de la voz, donde el deseo entra a jugar. Ese objeto femenino, ese objeto de goce que es valor de goce, separa cuerpo de goce. El goce en sí es el cuerpo, no está separado ese goce del cuerpo, pero el goce para el otro (min) está separado el cuerpo del goce y ese es un paso civilizador, poder gozar más allá de mi cuerpo. Separado el goce es goce de lo perdido, goce de borde. El cuerpo es, como gozante que introduce la economía del goce, sin embargo, como articulación significante, es fantasma del cuerpo fragmentado. Es letra, otra dimensión para el cuerpo.
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Como el sujeto depende de la articulación significante hasta que no hay deseo no hay sujeto. En cambio, el goce no tiene sujeto, es acéfalo como la pulsión. Como juntura entre sujeto y cuerpo, el objeto a, resto de la operación de castración. De no ser así, cuerpo y goce no se llevarán bien. Asistiremos a las enfermedades orgánicas, surjan de donde surjan, a las molestias estomacales, intestinales que mucha gente arrastra por su vida como si realmente el cuerpo fuera algo que existe sólo cuando anda mal. Hay una separación constitutiva del cuerpo y del goce. En el Otro, ese que se llama el cuerpo, algo de redobla, la alienación. El Otro (may) redobla la alienación del cuerpo con la alienación del goce, en tanto ese goce habíamos dicho se civiliza con el habla o lengua, se civiliza con la alienación al hacerse perdido, imposible, de los agujeros, de borde. El Nombre del padre, redobla al Otro, ha habido alienación del goce. Es la castración la que permite la alienación del goce. Goce o castración. El goce sometido a leyes, a los límites del campo de los objetos, que está fuera del cuerpo, que no están sometidos al principio del placer; esos objetos a que designamos pecho, excremento, mirada, voz. Ese goce lleno de culpabilidad se civiliza al alienar el goce. CUERPO PSICOSOMÁTICO Es en la identificación donde en el futuro enfermo psicosomático, ha acontecido que la energía libidinal, reviste el cuerpo como si fuera un objeto resolviendo la identificación de forma autoerótica, tomando el cuerpo como objeto ajeno. Se presenta en estos enfermos una seria dificultad para transformar los hechos en psíquicos. Responden con descargas desde el sistema neurovegetativo, más que hablar descarga. Está muy lejos, en sus respuestas de articularlas en el habla. No manifiesta sus preocupaciones, tiene fuertes dolores de cabeza, no se pone triste en los cambios de estación, contrae una alergia primaveral. En nuestros tratamientos psicoanalíticos se ha podido saber que el enfermo psicosomático es el que teme perder aquel famoso amor que nunca hubo. No hay separación, cuerpo diferenciado. Afectado en su campo pulsional (no hay tiempo de separación y por lo tanto tampoco de unión), este cuerpo no está en la economía del deseo. La enfermedad psicosomática afecta la estructura pulsional. Lo que debiera ser resuelto psíquicamente se resuelve "traumáticamente". Se trata de un cuerpo omnipotente y sin resquicios. No existen las diferencias ni Otro sexo. Afectada la estructura, llega a lo real, produciendo lesiones corporales. Dicen nuestros autores "lo psicosomático es la barrera, donde se consuma y no se consuma el incesto, cuerpo sin pulsión, sin palabras, sin órganos, en definitiva un cuerpo que no ha llegado a ser máquina". Algo falta de su constitución como sujeto del inconsciente, pero no es el significante de la falta lo que falta como en el psicótico, sino que al establecer su sujeto en la relación con su cuerpo como objeto, lo ha hecho, sin otros semejantes. Es decir, con otro, pero sin Otro. Sin el corte ni intervalo, sin discontinuidad, sin dividirse todo gira en la necesidad de un goce sin palabras, sin pérdida ni resto. El lenguaje en la economía del deseo inconsciente ordenará ese cuerpo mudo y sin ley, mediante el proceso analítico. Al tomar su propio cuerpo como objeto, intentará revestirlo como un objeto fuera de él y no como su imagen, no ilusiona con el que tiene enfrente a él su cuerpo completo. Intenta en realidad capturarlo porque no lo puede investir y sólo captura su cuerpo incompleto y despedazado (como objeto real, no como fantasma). La identificación se ha consolidado en alienación sin separación. No hay diferencia entre imagen y recuerdo. No hay deseo, no hay falta. En las afecciones psicosomáticas solemos encontrar un sujeto frágil amenazado con accidentes y recaídas, trastornos vasculares graves, úlceras hemorrágicas, enfermedades de la piel.
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Aparecen como un psiquismo insuficiente, indiferenciado y sin diferenciación, incapaz de simbolizar sus crisis vitales, un organismo de descarga, a través de un sistema (el neurovegetativo) con el que regula sus relaciones con el exterior. No manifiesta sus enojos, es hipertenso, sin matices ni recorridos psíquicos, sólo descarga. CUERPO DEL DOLOR El dolor surge cuando un estímulo sobrepasa los medios de protección y pasa a funcionar como un impulso pulsional continuo contra los cuales son impotentes los actos musculares que sustraen al estímulo el lugar sobre el cual el mismo recae. Cuando actos que son eficaces en toda otra ocasión para que el dolor pueda ser evitado mediante la fuga, fracasan es justamente lo que permite una primera diferenciación entre exterior e interior, que va a llevar a la constitución de un | ||||||